Relato de creación colectiva - Quinto de secundaria
- Luna, hace tiempo
que ya no juegas con tus amigos, le decía su madre.
- No mamá, no me siento con ánimos para jugar.
- Pero, entonces, juega con tus muñecas.
- ¡No!
-
Indudablemente, su madre no entendía
lo que estaba ocurriendo con Luna, pero, en los rincones de su corazón, se
escuchaban las voces del mal agüero. Su intuición no machacaba en vano; Luna
tenía un gran problema y no quería contárselo. Decidió callar y hundirse,
entonces, en esos torrentosos remolinos que la ahogaban y la alejaban del
mundo, cada vez, más y más.
Luna, con lágrimas en los
ojos, como si estuviera lloviendo a cielo partido, me confesó lo que aquel
trágico día presenció. Tenía siete años, para ser precisos. Paseaba por su espaciosa
casa, muy confiada. A veces pienso que se equivocó en esa forma de ser,
confiada en extremo. Pero ya que importa; por lo menos eso sirvió para
conocernos. Aunque más tarde me di cuenta de que, de una u otra manera,
estábamos conectadas interiormente.
En uno de esos días en que se
busca tranquilidad mirando la esplendorosa puesta del sol, Luna observó que
golpeaban a un hombre y, no lo pudo creer, porque, pronto se dio cuenta que
aquella persona maltratada era su padre, el ser quien la vio crecer y la
acarició durante sus noches de desvelo. Ver como la luz de ese gran hombre se
apagaba y caía en la oscuridad por medio de la cruel tortura provocó un
pertinaz daño en su corazón de niña.
- ¿Quién me puede explicar lo
que ocurrió? - se preguntaba en su soledad, después de haber huido de aquel
desastroso encuentro. El tiempo no curó su dolor. Cuando cumplió doce años, en
su memoria galopaban vivos y enteros los recuerdos del día en que mataron a su
padre.
Cuando le pedí que siguiera
con su relato se le quebró la voz como cristal en añicos. Entonces, el misterio
de lo acontecido, despertó en mí una curiosidad extraordinaria.
Si no fuera por Luna, jamás
habría logrado descifrar ese código de palabras. Quién pensaría que yo, la niña
más tímida del aula, lograría ese reto; porque, apuesto a que, si mis amigas
estuvieran aquí, se burlarían de mí diciendo que soy una llorona y sentimental.
Ella se ponía a llorar y yo me
llenaba de empática ternura. Nadie podía entender que en esa cabeza pequeña
anidaba una gran vergüenza porque creía que la iban a señalar por tener una
madre loca y un padre asesinado. Siempre repetía “Quiero ver las aves volando, pero no quiero conocer quién les está
apuntando”; era algo extraño, pero tenía razón.
Luna trataba de calmar sus
miedos volcando un amor apasionado a las flores, los caminos y paisajes de nuestro
pueblo. Una tarde calurosa la seguí secretamente por sus rutas amadas y
solitarias. Cruzamos un puente y llegamos a una lagunilla formada por el desvío
del río. El campo estaba cubierto de un delicado pastizal que le daba el verdor
de los días primaverales. Ella comenzó a cantar.
Cantaba maravillosamente que
su voz atraía a las aves del cielo y cuando ellas llegaban a sus manos, Luna
decía: “Si tan sólo fueran libres sería
un alivio para mí”. Sin duda que era una prisionera más de esta inmensa
soledad que nos hace sentir únicos a pesar de estar acompañados. Pero, esa
misma soledad nos unía más a Luna y a mí.
Luna sufrió mucho con la enfermedad
de su madre. Mucho tiempo antes de que su progenitora enloqueciera, Luna se
encerraba en su dormitorio y recitaba plegarias por ella. Los estudios y los
juegos con los amigos del barrio fueron olvidados por completo. Aún recuerdo
cuando Luna me contó cómo fue a parar en este sótano donde yo también quedé
atrapada. Fue entonces cuando su madre perdió la razón totalmente. No pudo
soportar la ausencia de Luna, después de la partida del padre.
Luna salió del cuarto donde
desahogaba sus penas cuando oyó que sus amigos lo llamaban y, sorpresivamente,
decidió ir con ellos. Su momentánea alegría se desvaneció cuando los otros
niños comenzaron a preguntarle por su casa y, sobre todo, por su padre. No dio
respuesta y corrió desesperadamente, llegando a tropezar con algunas personas
que estaban por los alrededores quienes hasta le dijeron que estaba loca como
lo están casi todos los miembros de su familia.
Atravesó el parque que tantos
recuerdos aún nos trae y quizá, entonces no apreciamos; sombreado con
acogedores árboles que nos daban frescura en medio del sofocante calor de las
tardes, sus flores perfumadas, su pileta de aguas corrientes como en un bosque
de fabulosos seres que canturrean himnos a la bella naturaleza. El parque que
pudo ser la herencia que ya nunca nos pertenecerá.
Corrió lo más rápido que pudo
hasta que llegó al sótano de esta casa donde ahora vivimos. Cayó violentamente
de bruces, más no se levantó. Sin duda mi comunicación con ella es poca, pero
Luna dice que espera a alguien que toque su corazón y entonces se abrirán
nuevas puertas para salir juntos hacia verdaderos caminos de felicidad y
siempre me dice: - En este mundo solo hay
aves que están volando y alguien que les está apuntando.
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