miércoles, 20 de mayo de 2020

El muki



Por: Rubén Villasante

A Julián Romero Ramos
Por su generosidad en los momentos aciagos

Sudor y lágrimas se entremezclaban en mi cara en mi primer día de trabajo en la mina. Aceptaron que trabaje de peón. Acababa de cumplir diecisiete años, edad física y espiritual para el heroísmo –dicen–, para mí era de angustia y desesperación, más oscura y tenebrosa que la mina misma. Ya había sido peón en construcción civil. Aguantaba bien. Desde muy niño, desde el tercero de primaria hasta terminar la secundaria, todas mis vacaciones trabajé de peón en construcción civil. Sin embargo, el despiadado trabajo en la mina de socavón era superlativo. Solo para gente muy recia o muy desesperada. Ambas cosas me colmaban.

No había mamelucos, sí había una ruma de zapatos de seguridad, con punta de acero, chulla zapatos y con experiencia, que importa. Una rígida correa para sostener mi fuente personal de energía. Adentro no había más luz que las lámparas que los trabajadores llevábamos en los cascos. Aunque no siempre funcionaban bien ni duraba toda la jornada. Lo supe el mismísimo primer día. Absorto y asustado caminaba solo, recorriendo un laberinto de oscuras galerías. –Para que conozcas–, me dijeron. Cuando de súbito se apagó mi lámpara. Por pura vergüenza no grite, pero sí lloré, lloré quedito, de miedo, de desesperación. Suspendido en la nada, sin saber qué hacer ni adonde ir ni a quien implorar. No eres nada ni vales nada en medio de esa tenebrosa opacidad. Si algo tengo ahora de sombrío, fue porque algo se me impregnó ahí.

Piso de tierra, pared de calamina, techo de calamina. Una hilera de cuartitos en medio de la ladera, eran los campamentos. Ahí me asignaron. –Cama caliente vas a tener–, me dijeron. No mintieron. Compartía la cama con Félix. Él tenía turno noche, yo turno día. En quince días cambiábamos turnos. La cama nunca se enfriaba.

Tirar pico y lampa durante todo el día hasta hacer rebozar un vagón con el mineral de la voladura. Empujar el carrito hasta la chancadora, temible máquina come piedra. Evacuar. Regresar corriendo para volver a llenar el vagón. Una vez, otra vez y otra más y otra y otra. Indefinida e ininterrumpidamente, sin descuidar la penetración de los rieles de acero, para la penetración del vagón, hambriento e insaciable.

Era un privilegio salir y ver la luz del día o de la noche. La noche más cerrada es luminosa comparado con estos lóbregos túneles. Cada galería que avanzas, cada nivel que desciendes, sientes cómo este agujero negro se va tragando cualquier onda o corpúsculo de luz. Los que no salen, el perforista y su ayudante, el winchero, el carrilano y otros peones quedaban envueltos, toda la jornada, en el manto opresivo de la oscuridad. Adentro, la oscuridad asfixia más que el polvo.

Al final del trabajo diario, a las cinco de la tarde, jugábamos fútbol, pero era un fútbol muy peculiar, reinventado por mineros. Nuestra cancha era de relaves. Inmensa. Más o menos plana a la que le habían puesto unos arcos también enormes, como para arqueros gigantes.
– Somos nueve.
– Ya, cuatro pa’cá y cinco pa’llá…
Y empezaba el encuentro. Iban llegando más jugadores.
– Dos para acá y tres pa’llá.
– ¿Pa’ónde?- Gritaba el que llegaba solito.
– ¡Pa’ca!- Y entraba a jugar.

Las pelotas también se iban incrementando. Llegábamos a ser veinticinco o treinta por cada equipo y con cuatro a cinco pelotas. Te llegaban dos o tres pelotas a la vez y la rompías como sea. Corríamos como espantados y maldecíamos como condenados. Se metía diez, quince, veinte goles. ¿Quién ganaba? ¡Nadie! Nadie llevaba la cuenta. Era purita diversión, purito desahogo. Los ingenieros nunca querían jugar, ni cuando ellos mismos organizaban los campeonatos. Recelaban. Temían que algún trabajador, aprovechando el partido, lo patee con la punta de acero, vengándose de alguna puteada o desatención sufrida. Ganas sobraban, pero se corrían los muy gallinas. Conforme iba oscureciendo, caía el número de jugadores, la noche ponía fin a la diversión. Nuevamente el viento helado en las orejas, resecas la nariz y garganta, escupiendo relave, nos alejábamos, aliviados.

El cielo estaba totalmente despejado. La noche colmada de estrellas, de belleza y de frío intenso. El viento gélido se colaba por todas las rendijas de la habitación, arrastrando en sus olas los aullidos de los perros, que a coro llegaban de todas partes. Era extraño. Escarapelaba la piel. Se percibía una atmósfera lúgubre, como presagiando una desgracia. El frío no hace aullar a los perros, deben estar viendo almas, almas en pena de tantísimos muertos habidos, almas que seguro se han juntado en asamblea. ¿Estarán gangueando y convocando a otras almas, por los alrededores de la mina? Fue una noche cruda, intranquila, con muchos sobresaltos.

El amanecer nos arrojó crispados, a los rigurosos quehaceres mineros.

En medio del trabajo empezó a sonar una sirena, con gemidos entrecortados, eran como pequeñitos retazos de gritos extraños, anunciaba algo malo, se podía presentir ¡Algo tremendo había pasado! Un movimiento inusual de cascos blancos con luces potentes confirmaba que algo horrendo los movilizaba ¡Un accidente fatal! Alejo Chuya bajaba, apurado, del 237 al 431, en la jaula de las herramientas, junto con barrenos, picos, lampas y rastrillos… Uno de los barrenos se movió, chocó contra las salientes del muro vertical, removiendo con su impacto las demás herramientas, desatando gritos desesperados de dolor que rebotaban por todas las galerías, enrareciendo aún más el escaso aire. Los gritos eran inconfundibles, a pesar que se revolvían con el ruidoso traqueteo de fierros y la agitación del descenso convulsivo de la jaula. Los gritos parecían salir del pecho de cada trabajador. La agonía ahogaba nuestro ser en segundos interminables, hasta la exhalación. Paralizados, mudos, pocos se acercaron a husmear. Tasajeado, atravesado, mutilado… era una mezcla confusa de carne, barro, sangre, piedra y acero. ¡Quien carajo dejó que el personal baje por la jaula! El grito del superintendente anunciaba el suplicio para el personal de guardia.

–Hace poquito en la mina que queda atrasito también hubo un accidente bien feo. Nuevas maquinazas habían traído: jumbo, ryardam y scoop dice que se llaman. El jumbo es como un zancudo gigante, tiene cuatro brazos donde le ponen barrenos largos y así, en una, te hace cuatro taladros de seis pies. El ryardam es un volquete, pero más chato, y no levanta la tolva, con un émbolo empuja su carga. El scoop es un cargador frontal, es el más chato y alargado, tiene su asiento al costado, para que el conductor vea bien para atrás y para adelante, pero su asiento había sido un poco sobresalido, porque dice que al entrar a una galería, no calculó bien y con su asiento lo arrastró al tronco del cuadro que servía de soporte al enmaderado que habían puesto donde se desprendían piedras del techo, y todito se le vino encima. Un troncazo le hizo explotar el cráneo, le aplastó su cabeza contra el mismo scoop. ¡Horrible! Fue como una explosión bien fuerte, más fuerte que la dinamita, pero de un estruendo diferente, extraño, de terror, un sonido seco, sin esa vibración que tienen todos los sonidos. Todos los que han escuchado se les paraba los pelos, se les ponía la piel de gallina. La explosión de un humano se siente adentro de uno, en los huesos, en los tuétanos. Todos sus sesos, sus ojos, su piel estaban salpicado por todas partes, con cucharita han tenido que recoger. Su hermano estaba ahí. Miraba como perdido, no podía hablar ni llorar tampoco. En una manta hemos recogido sus restos y lo hemos envuelto. Todos los que llegaban al sitio, se sacaban sus cascos y los aprisionaban contra su pecho y lloraban, lloraban en silencio, lloraban para adentro. Algunos se arrodillaban. Después de una eternidad de una o dos horas, atrapados en un mutismo insondable, regresamos a nuestras labores. La chamba continúa.

–Siempre ha habido accidentes. Cada 5 de diciembre nos emborrachamos celebrando nuestro día, nuestro Día del Minero, porque el 5 de diciembre de 1928, en la mina de Morococha, el socavón que habían hecho debajo de la laguna, estaba muy cerquita del fondo de la laguna, del vaso de la laguna que le llaman. Dicen que los ingenieros sabían del peligro, que les habían advertido a los gringos. Los gringos no creían y han traído otro ingeniero gringo, quien también ha confirmado que era muy peligroso. Tampoco le han hecho caso. Dejando su informe dicen que se regresó a su país, y exactamente al mes que se fue, el vaso de la laguna se ha desfondado y el agua se ha rebalsado por todititas las galerías de la mina. Los gringos han dicho que han muerto sólo veintiocho personas, pero los del sindicato han dicho que eran más de cien, nunca se supo exactamente cuántos fueron. Por eso lo han declarado al 5 de diciembre como Día del Minero, por eso nos emborrachamos, por esos hermanos que han muerto.
¡Esta vida es una mierda! - Maldije.
No tengas pena, que no es de pobres la pena-, me recitó Félix.

En medio de la tragedia, estos hundidos aposentos son la esperanza de los desesperados, de los expulsados de sus pueblos por la pobreza, de los que huyen de la vida de mierda que les ha tocado vivir. Gualberta Quispe, la que atiende en la pensión, siempre se le ve alegre, mordiendo algunos pelos que atraviesan su cara. Sonríe a todos, alegra a todos, pero habla poco, siempre está corriendo, trayendo y llevando platos. Su padre era minero. Hace poco murió en un accidente, su mamá murió mucho antes, dando a luz a su hermanito, quien también murió. Venían de Huánuco, de la comunidad de Churubamba, a orillas del Huallaga. Su padre viajaba por temporadas a la mina, muerta la esposa, regresaba menos y se emborrachaba más. Gualberta subsistía con los tíos que la hacían trabajar, le pegaban por gusto y la empezaban a manosear. –Allá ya no había vida–, decía. Decidió seguir a su padre a la mina. La acogió doña Teófila, en la pensión.

–Los de la comunidad de Yungar de Huancavelica, fuimos asolados por el abigeato, teníamos nuestro ganadito, ovejitas, vaquitas, y en más altura, alpaquitas teníamos. Ya una vez, ya otra vez el abigeo se llevaba. Para nuestra desgracia le hemos tendido una trampa y lo hemos cogido, pero la policía nos ha acusado de secuestro y nos ha metido al calabozo. Al regresar a la estancia, ya ni un ganado había. Mi primo, que ya antes había venido a la mina nos dijo: ¡Pa’lla vámonos carajo! Cinco hemos venido, cargando nuestras wawitas, con nuestras mujeres nos hemos venido, uno de mis wawitas acá ha muerto. Allícito está enterradito. Muqui se ha vuelto, me han dicho. Nos estará cuidando, pe.

Así, enterado, dejó de dolerme mi historia. En la huelga nacional contra la dictadura militar de Bermúdez ya no pude seguir asistiendo a la universidad, no me alcanzó la plata para el pasaje y perdí el examen de Estática, no solo perdí el curso, perdí el ciclo, perdí la universidad. Era la segunda vez que la universidad me era esquiva. Espero que no me ataque el jumpe ni quedar lisiado o muerto. Intentaré por trica. Quiero otra oportunidad. Anhelaba.

Dicen que la mina es la entrada misma del infierno, a donde entras y ya no sales y dicen que los mineros somos seres maldecidos, porque somos los gusanos que horadan el mundo. En el infierno dicen que se escuchan murmullos lastimeros, un hervidero de ayes de dolor, aullidos infrahumanos. Así, según avanzas, ordenadito, en círculos, los gemidos y lamentos son más siniestros. Pero aquí, en estos hipogeos lares mineros, caóticos y convulsivos, los lamentos y gemidos, los que no salen, los que se quedan en las profundidades de tu ser, aquellos que nadie escucha, esos son los peores, esos son los que más duelen, esos son los que más lastiman, los que te dejan atrapado de por vida en una cruenta oscuridad.

En esas profundidades de la tierra, escarbando, horadando sus entrañas, en esa oscuridad profunda, asfixiante, sin piedad, tuve mi encuentro con el Muqui. Estaba dobleteando turnos, mi amigo Félix viajó de emergencia y tuve que reemplazarlo. Habría pasado la medianoche y el agotamiento me derrumbaba. Temblaba. Me voy a morir, me voy a accidentar, gemía. Ya ni la coca surtía efecto. ¿Cuántas noches van? ¿Cuántas más serán? De pronto, veía lampos en medio de la mezquina oscuridad, obnubilado, ya no sabía si soñaba o eran las lámparas de los ingenieros. Seguían las luces, ahora de colores, de formas geométricas, como en los trances de una ingesta de Ayahuasca o de San Pedro. Una luz pequeñita pero potente, como un rayo láser, de color morado, me impactó entre ceja y ceja, pude verlo claramente, era el bebé muerto de los yungarinos, vestido de minerito. Quiso escapar entre mis piernas. Lo asedié. –Tú no vas a morir acá. Esta tumba no será tú tumba–, me susurró. Apagó su luz y me dio un empellón. Caía en picada, a toda velocidad, por una de las chimeneas. No voy a morir acá, esta tumba no será mi tumba. No voy a morir acá, esta tumba no será mi tumba, me repetía. … voy a… esta tumba… balbuceaba, esperando el impacto. Pero no caía. Volaba.

No había sido empujado a la chimenea, había sido subsumido en una de las antiguas chinkanas del Uku Pacha, había ingresado a un nodo o vórtice andino hacia otros mundos. Así, el cielo serrano me acogía en su infinito y límpido estrellado, suspendido por encima de nubes blanquísimas. Abajo, pequeñitas, reverberaban las crestas de los andes, los Dioses Montañas, con sus penachos de nieve. Yo era un águila de inmenso y libre vuelo, mi vista atravesaba todos los confines del tiempo y del espacio. Me vi oteando desde ese umbral los más íntimos designios del destino. Luego, a mis pies, aparecieron unas gradas de piedra, finamente labradas, por donde empecé a bajar, a bajar dando saltos gigantescos. Ahora era un ligero y hambriento puma que descendía velozmente por una hilera de gradas que se retorcían en varias vueltas. Me vi saltando justo debajo de los peldaños que instantes previos había recorrido. Sentí vértigo. ¿En qué instante había atravesado al otro lado? Tuve la sensación de estar remontando ruinas venideras por una escalera chakana, construida como una cinta de Moëbius. Amanecía. Las gradas empezaban a vibrar, sus lados se encogían y estiraban hasta el límite de fundirse en líneas curvas. Ya no eran gradas, se transformaba en una piel elástica y tubular que se retorcía en movimientos ondulatorios, rítmicos y pausados, generando una nube de burbujitas, en el fondo de un torrente acuático. La muyuna de la anaconda me arrojó a la superficie de una gran cocha cósmica… En instantes supremos había sufrido la influencia modelante de una metamorfosis flagrante. Vi mi ropa hecha jirones, en un estado de miseria absoluta, pero sereno, sin angustia ni desesperación. Ahora veía intersticios andinos donde antes había montañas, tajaduras abiertas sobre la tierra. Descubrí que me habían dejado un atadito, un pequeño kipi contenía mi casco de minero con su traidora lámpara, pero esta vez con una luz muy potente, luz que no emanaba de la ineficiente batería sino de un puñado de luciérnagas led. Un sol rojo, ensangrentado y agónico, se escondía en el horizonte, avergonzado. Una familia foránea y fugitiva, jugaba con catanas, un juego liviano y perjuro, de todos contra todos, aún contra los demás, intentando expandir un albañal. En la otra esquina, una multitud en comparsa repite un ritual milenario, bajo las andas del Waka Tayta Shanty. Un penetrante olor a muña inundaba el ambiente. Desde las sombras alguien me cubría con una lliclla wanka, en cuyo ribete danzaban los tocapus. Intentaba verle la cara, pero solo veía viejas raíces, musgo, líquenes. El desvanecimiento me invadía. Comprendí que había muerto. Había muerto una forma de estar en el mundo. Otra forma fascinante, exuberante, exigente se me imponía.
La mina no es un lugar atroz, es un lugar donde ocurren hechos atroces.

Espinar, abril de 2018.

lunes, 11 de mayo de 2020

Canto de chihuaco




Por: Félix Huamán Cabrera

Aburrido, como todos los campesinos, sólo sabía insultar, encolerizado.
Veía su chacra, y le daba pena que las hojas de sus plantas se desgranaran en hojarasca.
Hasta los animales cabizbajos, fatigados, se rendía en los días, mugiendo, balando o ladrando al calor que sofocaba.
La sequía.
Todo sol y, el terrón de los surcos, polvo sin viento. Lejanía.
Santiago Palomino crispaba sus manos con rabia mirando hacia arriba y callaba. Tanto esfuerzo, se decía, para que se deshaga la sementera.
Y diciembre pasaba sin que ninguna nube traiga la esperanza.
Cuando de repente vio que volaba el pajarillo plomo. Solamente volaba, porque en esa época el zorzal no sabía trinar. Saltaba entre los sembríos, extendía sus alas y se volvía a ir.
Parece que este pájaro no sintiera ni padeciese.
Humo de la tristeza.
¡Pero yo –se dijo Santiago- lo mataré! Todavía que las pobres chacras están mal, viene el desgraciado a escarbar con su pico de gusano.
Desde entonces no había quietud para las manos del chacarero. Tiracho y piedra dejaba sangre entre las plumas. Caían los chihuacos en medio del sol quemante. Ya no el ramaje ni el salto, sino la cabeza gacha de la muerte.
Hasta que, al lado de una mata amarillenta, encontró dos polluelos de zorzal. Abrían sus picos a la tarde. Santiago al verlos pensó destruirlos también. Pero era la actitud de los pequeños, mirada de sus niños cuando quieren pan.
¡No!, dijo.
De repente también he matado a su madre y se sintió culpable. Caray. Entonces cogiendo el nido, los llevó a su casa.
Ahí les dio lo que pudo. El hijo más crecido se hizo cargo del cuidado.Hasta que los chihuacos equeños empezaron a coger sus granos y se dieron cuenta que los niños con quienes estaban creciendo gritaban en sus juegos para que venga la lluvia.
Un día de madrugada cuando Santiago se levantó a mirar la mañana, vio que igual el sol despuntaba.
Qué culpa estaremos pagando -dijo el hombre- si no llueve no quedará sino el hambre en todo el valle.
Pero escuchó el trino. Un trinar raro.
No era jilguero, ni gorrión, ni oropéndola del saúco verde, no era paloma torcaza ni chivillo de las quebradas.
Venía el sonido del corralón.
“Lluví, lluví, chiric, chiric”.
Fue por detrás de la huerta a ver que pájaro cantaba.
“Chiric, chiric, lluví, lluví”.
¡Los chihuaquitos!... Pero los chihuacos no tienen trino. Y vio que dos de sus niños también cantaban al compás de los polluelos: “lluví, lluví, chiric, chiric”, mirando al cielo, llorando al aire; lluví, lluví, nube viajera, chiric, chiric, deja la lluvia en la sementera y los chihuacos extendiendo sus alas se fueron por el muro de los adobones a la arboleda del frente trinando el lluví, lluví de esa mañana.
Y fue el bosque pequeño lluví, lluví de cientos de zorzales.
Santiago Palomino como embobado escuchaba alzando los ojos: por el cerro colorado una nube negra emergía espesa ensombreciendo el panorama.
El loquerío de trinos llegaba hasta el lado del río seco, cuando repentinamente una descarga de rayos y truenos retumbantes, hizo lluvia en el campo eriazo y en la angustia de Palomino.
Lluví. Lluví, zorzal del agua, chiric, chiric, canto del alma.
Desde esa vez cantó el chihuaco pidiendo que llegue la lluvia buena por las crestas de las montañas.
Desde esa vez el trino del pajarillo es canto del agua.


miércoles, 6 de mayo de 2020

Tristes querellas en la vieja quinta (adaptación)



Julio Ramón Ribeyro

Cuando Memo García se mudó la quinta era nueva, sus muros estaban impecablemente pintados de rosa, las enredaderas eran apenas pequeñas matas que buscaban ávidamente el espacio y las palmeras de la entrada sobrepasaban con las justas la talla de un hombre corpulento. Años más tarde el césped se amarilló, las palmeras, al crecer, dominaron la avenida con su penacho de hojas polvorientas y manadas de gatos salvajes hicieron su madriguera entre la madreselva, las campanillas y la lluvia de oro. Memo entonces había ya perdido su abundante cabello oscuro, parte de sus dientes, su andar se hizo más lento y moroso, sus hábitos de solterón más reiterativos y prácticamente rituales.

Su vida, en una palabra, estaba definitivamente trazada. No esperaba de ella ninguna sorpresa. Sabía que dentro de diez o veinte años tendría que morirse y solo, además, como había vivido solo desde que desapareció su madre.

Pero, como es sabido, nada en esta vida está ganado ni adquirido. En el recodo más dulce e inocente de nuestro camino puede haber un áspid escondido. Y para Memo García los proyectos edénicos que se había forjado para su vejez se vieron alterados por la aparición de doña Francisca Morales.

Primero fue el ruido de un caño abierto, luego un canturreo, después un abrir y cerrar de cajones lo que le revelaron que había alguien en la pieza vecina, esa pieza desocupada cuyo silencio era uno de los fundamentos de su tranquilidad.

Le bastó verla para dar media vuelta y entrar nuevamente a su casa tirando la puerta, al mismo tiempo que ella lo imitaba. Apenas habían tenido tiempo para mirarse a los ojos, pero les había bastado ese fragmento de segundo para reconocerse, identificarse y odiarse.

Mal que bien comenzó a sospechar que se trataba de una vecina soportable, hasta la vez que se le ocurrió, como sucedía cada diez o quince días, escuchar una de sus óperas en su vitrola de cuerda. Apenas Caruso había atacado su aria preferida sintió en la pared un ruido seco. ¿Algún descuido de su vecina? Pero al poco rato el ruido se repitió y cuando Memo volvió a poner el disco los golpes se hicieron insistentes. “¿Va a quitar esa música de porquería?”

Una tarde vio llegar a doña Pancha con una enorme caja de cartón, que lo intrigó. Estuvo tentado primero de salir al corredor y espiarla por la ventana, pero finalmente optó por pegar el oído a la pared. La escuchó canturrear y deambular por la pieza desplazando muebles. Al poco rato una voz de hombre llenó la habitación vecina. Memo se desplomó en su sillón: ¡un aparato de radio!

Doña Pancha había descubierto un arma más poderosa que la música bailable: el radioteatro. Su habitación se llenó de exclamaciones, llantos, quejidos, mallas de una historia que se prolongaba de tarde en tarde y en la cual, mal que bien, Memo había terminado por reconocer algunos personajes siempre arruinados o atacados por enfermedades incurables, pero incapaces de morir. Como le pareció indecente enfrentar a Verdi con tales adefesios, hizo una inspección por una disquería y llegó cargado de viejas marchas militares. Desde entonces cada vez que doña Pancha prendía su aparato para sintonizar un episodio de su novela, Memo hacía sonar los clarines de la marcha de Uchumayo o los redobles de tambor de la carga de Junín. Fue una lucha grandiosa. Doña Pancha hacía esfuerzos inútiles por evitar que bombos y cornetas contaminaran el monólogo dramático de la hija abandonada o los lamentos del viejo padre ofendido en su honra. La equiparidad de fuerzas hizo que esta guerra fuera insostenible. Ambos terminaron por concluir un armisticio tácito. Memo fue paulatinamente acortando sus emisiones y bajando su volumen, lo mismo que doña Pancha. Al fin optaron por escuchar sus aparatos discretamente o por encenderlos cuando el vecino había salido. En definitiva, había sido un empate.

En esos días Memo había contratado a una muchacha para que viniera una vez a la semana a lavarle la ropa. Era casi una niña, un poco retardada y dura de oído. Cada vez que venía, Memo se instalaba en su sillón, cogía un libro de viajes y mientras la fámula laboraba la vigilaba con un aire paternal y jubilado.

Doña Pancha no se percató al comienzo de esta novedad. Pero a la tercera semana, al ver entrar donde su vecino a una mujer sola y permanecer allí largo rato, concibió un montaje obsceno, se sintió vicariamente ultrajada en su virtud y puso el grito en el cielo: “¡Véanlo pues al inocentón! Tiene su barragana. A la vejez viruelas. ¡Trae mujeres a su cuarto!”. “¡Silencio, boca de desagüe!”. “No me callaré. Si quiere hacer cochinadas, hágalas en la calle. Pero aquí no. Éste es un lugar decente”. “¡Zamba grosera, chitón!

Cuando se le atoró a doña Pancha el lavadero de la cocina. Por más esfuerzos que hizo no pudo reparar el desperfecto y se vio obligada a llamar a un gasfitero. Una tarde apareció un japonés con su maletín de trabajo. Memo supuso que era un artesano del barrio y sospechaba a qué venía, pero no quiso desperdiciar la oportunidad de vengarse. Cuando el obrero se fue, salió a la galería e imitando a sus tenores preferidos improvisó un aria completamente destemplada: “¡La vieja tiene un amante! ¡Trae un hombre a su casa! Un japonés además. ¡Y obrero! ¡Y en la iglesia se da golpes de pecho, la hipócrita! ¡Que se enteren todos aquí, doña Francisca viuda de Morales con un gasfitero!”. Doña Pancha ya estaba frente a él, más cerca que nunca. Cara contra cara, sin tocarse, gruñían, babeaban, enronquecían de insultos, se fulminaban con la mirada, buscando cada cual la palabra mortal, definitiva

Al día siguiente doña Pancha no salió de su cuarto. Memo esperó en vano verla regresar de misa o ir de compras para colocarle, de pasada, una de sus habituales estocadas. Saliendo al balcón, se atrevió a acercarse a la ventana de su vecina. Apenas vio su reflejo en los cristales dio un respingo. “Viejo idiota, ¿qué hace allí espiándome?”. “No estoy espiando a nadie. Ya le he dicho que el balcón es de todos los inquilinos”. “Ya que tiene usted dos patas, vaya a la botica y tráigame una aspirina”. “A la última persona que le haré un favor será a usted. Reviente, zamba sucia”. “No es un favor, pedazo de malcriado, es una orden. Si no me hace caso va a caer sobre usted la maldición de Dios”. “Esas maldiciones me importan un comino. Búsquese una sirvienta”.

Cuando regresó de la farmacia tocó la puerta de doña Francisca. “Un momento, cholo indecente, espere que me ponga la bata”. “¿Y cree que la voy a mirar? Lo último que se me ocurriría: ¡una chancha calata!”. La puerta se entreabrió y asomó por ella la mano de doña Pancha. Memo depositó el sobre con las aspirinas. “Un sol cincuenta. No va a querer además que le regale las medicinas”. “Ya lo sé, flaco avaro. Espere”. La mano volvió a asomar y arrojó al balcón un puñado de monedas. “¿Así me paga el servicio? ¡Sépalo ya, no cuente en adelante conmigo, muérase como una rata!”.

Pero esa noche cuando doña Pancha lo interpeló pidiéndole una taza de té caliente Memo, después de deshacerse en improperios, se la preparó. Esta vez la comunicación se efectuó a través de la ventana. Memo tuvo apenas tiempo de entrever el rostro de su vecina, ajado, sombrío, fláccido y violeta.

Al día siguiente, el departamento de su vecina estaba apagado. Memo se paseó delante de él taconeando fuerte sobre el enladrillado para hacer notar su presencia. Al fin, intrigado, se decidió a dar unos golpes en la puerta y como no obtuvo respuesta la empujó. Estaba sin picaporte y cedió. En la oscuridad avanzó unos pasos, tropezó con algo y cayó de bruces. “Vieja bruja, ¿así que, poniéndome zancadillas, ¿no?”. A gatas anduvo chocando con taburetes y mesas hasta que encontró el conmutador de una lámpara y alumbró. Doña Pancha estaba tirada de vientre en medio del piso, con un frasco en la mano. El vuelo de su camisón estaba levantado, dejando al descubierto un muslo inmensamente gordo, cruzado de venas abultadas. El primer impulso de Memo fue salir disparado, pero en la puerta se contuvo. Agachándose rozó con la mano ese cuerpo frío y rígido. En vano trató de levantarlo para llevarlo a la cama. Esos cien kilos de carne eran inamovibles.

En el resto del día y hasta la madrugada pasaron por el cuarto vecino policías, el médico forense, un sacerdote, algunos vecinos y dos monjitas que vistieron a la muerta. No hubo velatorio. Vino a llevarla al cementerio la carroza de los indigentes. Cuando en pleno día sacaban el ataúd de madera sin barnizar, Memo dudó si debía o no hacer acto de presencia. Estuvo a punto de ponerse el saco, pero finalmente por desidia o por terquedad renunció.

Y desde entonces lo vimos más solterón y solitario que nunca.

El congreso de los reinos




Por: Consuelo Arriola Jorge 


Nuestra madre es hermosa. Sus largas trenzas son los ríos cristalinos; sus pies firmes las profundas raíces de los árboles; su talle sin igual los caminos llanos o escabrosos; su frente amplia las playas dadivosas; sus ojos magníficos el azul de los océanos; coronada de nubes que la bañan toda según la estación o el esplendor del sol en cada amanecer. Sus entrañas guardan el oro, la plata y minerales preciosos, de sus manos generosas emanan las flores para dar alegría o los frutos magnánimos para todo ser viviente.

Sin embargo, en los últimos tiempos algunos de sus hijos olvidaron cuidarla y su linda figura se fue desdibujando, cual Virgen Dolorosa de un Viernes Santo nefasto. No tenía más llanto y su corazón sangrante, su rostro ennegrecido y sus trenzas de barro maloliente eran la fiel imagen de la muerte inminente.

Entonces, como la mayoría de sus hijos no querían ser indiferentes, convocaron a un Congreso de los cinco reinos:  Animal, Vegetal, Fungi, Protista y Monera.

Por el reino Animal se presentó el león y con un soberbio rugido, expresó: “Como todos saben soy el Rey de la Selva. Sin embargo, el hombre, una simple criatura que pertenece a nuestro reino, nos ha traicionado y se ha arrogado muchos poderes y nos ha perdido el respeto, cazando a muchos de nuestros congéneres para colocarlos en cautiverio, sometiéndolos a la extinción. Es por eso que estoy aquí para poner freno a esta destrucción que está poniendo en serio peligro la vida la nuestra madre Tierra”.

Después intervino el Ginkgo. “Yo como único sobreviviente de los Ginkgoales les digo que el hombre es peligroso; casi ha extinguido a los robles, los pinos, los eucaliptos, los alisos, etc. Por ello estamos muy asustados. No mide la extracción de nuestra madera, solo le interesa las monedas y no valora lo que el reino vegetal hace por ellos”.

También solicitó la palabra la rosa, como parte del reino Vegetal, en   representación de las Rosáceas. “Como la flor más antigua de la tierra y extendida por todos los confines, manifiesto mi desagrado con la mano del hombre, quien al vernos florecer nos corta inmediatamente, a veces en frágil botón y trunca nuestra plenitud abriendo desgarradoramente nuestros pétalos para satisfacer sus caprichos y vida superficial.

A continuación, invitaron a que haga uso de la palabra algún representante de los hongos. “En mi reino Fungi, dijo gravemente nosotros entre otros beneficios, hacemos fértil los terrenos. Sin embargo, el hombre insensato cada día recurre a productos químicos que no solamente contaminan la tierra de manera vertiginosa, sino que la falta de producción natural daña hasta la salud de ellos mismos y parece que son insensibles a ello”.

Acto seguido, le correspondió hablar al representante de los Protistas, tenía la voz muy bajita y dijo que siempre era mal visto por los hombres, ya que es el causante de la malaria o paludismo, entre otras enfermedades. Sin embargo, anotó que la culpa no era suya, ya que los mismos humanos dejaban depósitos de agua sin tapa y ahí se multiplicaba el mosquito transmisor. Dejó en claro su desacuerdo con la actitud perversa del hombre al destruir a la madre Tierra.

Todos levantaron sus voces para confrontar ideas y poner un alto a esta situación. Cuando alguien alzó la voz más fuerte ¿Es que se olvidaron de escuchar a alguien? Sí, era el representante del reino Monera. Lo escucharon con atención.

“Si bien nuestro reino es considerado el más primitivo, dijo en tono grave, no se olviden que nosotros fuimos los primeros hijos de nuestra Madre. Tenemos diversos grupos como las bacterias, cianofitas y virus. Yo soy un virus, aunque algunos ya no me consideran dentro del reino Monera y me clasifican dentro de los Euviria, dicen que soy muy particular; pero eso no me importa, estoy aquí para demostrar mi poder contra el hombre, soy el único capaz de hacerlo volver en razón y que aprenda a respetar toda forma de vida”.
Se escucharon murmullos, dudaban de sus palabras y hasta calificaron de presumidas sus afirmaciones. ¿Cómo un ser tan primitivo podría desafiar de esa manera? Sin inmutarse continuó: “Haré que el hombre sienta lo que es estar encerrado, sin gozar de sus comodidades y lujos. Su altanería de hacer ciencia sin conciencia lo humillará. Y cada día los iré evaluando hasta que se convenzan que son los reyes de nada. Por ejemplo, les preguntaré si en sus hogares durante los días de permanencia lograron vivir en armonía, sin maltratarse entre familia; o tal vez si su  gobernante o autoridad distribuyó honestamente los recursos del Estado; quizá si tienen los profesionales de primera línea por vocación; si la policía no ha dejado circular a quien no debía; si los transportistas se han limitado a garantizar solo el abastecimiento; probaré si con  sus redes sociales pueden hacer educación a distancia y hasta los religiosos tendrán que demostrar si tienen como dicen a Dios en su corazón. Cada uno mostrará su grandeza o su vileza. Después de mi expansión exponencial: ¡La vida jamás volverá a ser igual!”.

¡Tanto así! Exclamaron los asistentes muy sorprendidos.

Respondió con una venia. “Si la asamblea lo aprueba, con ustedes su servidor SARS-CoV-2. Comúnmente llamada COVID-19”.

Los asambleístas le dieron luz verde. Ahora solo están aguardando que la vida jamás vuelva a ser igual. Habrá un nuevo orden y anhelan que los hombres sean mejores después de la desolación.

domingo, 15 de diciembre de 2019

Secretos de un cuentacuentos





Los festivales de cuentacuentos son actividades muy educativas y disfrutadas por todo público. En ellos puedes conseguir que estén un buen rato con los ojos fijos, abiertos como platos, al igual que los oídos, sin perderse el mínimo detalle. Podemos hacerles reír, y sobre todo podemos enseñarles el valor y el poder de las historias. Por eso, en este post de Susan Beltrán te damos sugerencias para participar en uno.

Organizar una actividad de cuentacuentos puede resultar muy enriquecedor tanto para animadores como para el público. El animador va a poder demostrar su frescura y espontaneidad ante el auditorio y el público se va a ver involucrados en una actividad tan llena de elementos atractivos, que incluirá la lectura como una de sus aficiones preferidas.

En relación a su atuendo, el cuentacuentos debería ir vestido de trovador, y si es necesario, con maquillaje. Es muy importante que se meta en su papel y realmente parezca un cuentacuentos y no una persona disfrazada para contar historias. La actuación debe estar cargada de realismo, cuidando al máximo hasta el mínimo detalle.

Tiene que ir contando los cuentos de memoria, sin leerlos, e ir pasando de uno a otro relacionándolos entre sí. No puede hacerlo sin que el conjunto tenga un sentido lógico. Además, el cuentacuentos debe llevar un ritmo pausado, pero sin caer en el aburrimiento de los presentes, y esto lo conseguirá aportando datos nuevos en cada una de las frases que diga.

Además, el animador debe hacer suyo el texto de los cuentos, y puede incluir cosas que no estén en los mismos para hacerlo más atractivo. Asimismo, debe ensayarse la actuación previamente frente a alguien porque, aunque creamos que nos sabemos los cuentos y los enlazamos bien, hasta que no los contamos en alto no sabemos exactamente cómo puede quedar la narración.

El trovador debe provocar emociones, sensaciones y crear un interés en el espectador. Para ello, la colocación del público es indispensable. Éstos deben estar muy cerca, sentados preferiblemente en semicírculo para que el contacto entre el animador y los niños sea directo y pueda provocar en ellos todos estos efectos que pretende.

El narrador no debe utilizar muñecos ni dibujos para completar la narración, porque de esta manera conseguiría que los niños se distrajesen y no jugasen con su imaginación, siendo ésta la que juega el papel más importante en este tipo de actividades, ya que estimula su creatividad e imaginación.

La entonación será muy importante. Deberá darse la entonación apropiada en cada parte del cuento para que la narración resulte atractiva. Habrá que crear suspenso en los momentos en los que el cuento lo requiera, y habrá que utilizar diferentes tonos dependiendo de lo que trate la narración. Por ejemplo, si el cuento tiene partes de miedo, el animador puede gritar para mostrar el miedo de los protagonistas, o sollozar si el protagonista llora.

Los gestos también son indispensables durante la narración, ya que el animador debe expresar lo que está narrando. Si el protagonista del cuento está alegre, el monitor debe expresar exactamente esa alegría.

Se incluirán gestos graciosos, incluyendo onomatopeyas, que pueden hacerles reír en momentos determinados durante la narración. Los ojos y las manos también jugarán un papel muy importante puesto que atraerán la atención de los oyentes y además le darán mayor expresividad a la actuación del trovador.

En cuanto al estilo, los cuentos deben empezarse con frases populares como, por ejemplo: “Érase una vez…” y deben finalizarse también con alguna oración como: “Colorín, colorado, este cuento se ha acabado”.

Se pueden emplear repeticiones para que los niños conozcan mejor a los personajes y para que incluso en ocasiones puedan participar en la narración. Por ejemplo, si uno de los cuentos elegidos es el de “La Ratita Presumida” se pueden hacer partícipes a los niños cuando los distintos pretendientes van a pedir matrimonio a la ratita, y que todos digan a la vez: “ratita, ratita ¿te quieres casar conmigo?

Los cuentos elegidos pueden ser desde cuentos conocidos por todos, a cuentos nuevos e incluso inventados, pero siempre deben ir enlazados. Se pueden alternar entre cuentos realistas o cuentos con elementos de ficción. Los cuentos con protagonistas humanos o animales personificados pueden ser utilizados en este tipo de tarea, aportando variedad y evitando que la actuación resulte monótona.

¿Cómo hacer una buena selección de textos? Aquí vamos a darte una serie de ideas que podrían servirte para crear una sesión de cuentacuentos. En primer lugar, se pueden buscar cuentos por temática, por ejemplo: fábulas, cuentos de princesas, cuentos sobre objetos animados, etc.

De ahí seleccionamos los que más nos gusten y buscamos entre ellos un eje argumental. Por ejemplo, las princesas buscan mascota y éstas buscan un juguete con el que pasar las horas.

El trovador puede contar a la audiencia que las princesas están muy preocupadas porque debido a los últimos avances en tecnología, sus historias están siendo olvidadas, ya que los niños no leen sus cuentos y pasan las horas jugando con consolas y juegos de ordenador. Entonces, han buscado a este trovador para que comparta con los niños sus historias y así éstas no sean olvidadas.

Y, por último, no olvides hacerles reír, adapta los cuentos cuanto sea necesario para que estos estén cargados de humor y de elementos que les hagan reírse a carcajadas. Esto les hará pasar un rato muy agradable que no van a olvidar con facilidad.