lunes, 1 de marzo de 2010

Memorias


Por: Freddy A. Contreras Oré

El abuelo de mi padre llegó al valle muchos años antes de que emigraran de nuestras arboledas soledosas las criaturas del espanto y quince años después que, las montoneras de Andamarca, Comas, Quichuay, Apata y Concepción arrasaran con un contingente de soldados chilenos en cruento combate durante la incursión enemiga a la sierra central. Vino para compartir testimonio de un siglo que iba agonizando y de otro que nacía trayendo grandes cambios, incluyendo los nombres antiguos de estas tierras. Fue un viaje empecinado y a contravención con los llamamientos de la sangre y la tierra de sus ancestros. Sólo los apresuramientos de un corazón herido por el desprecio de un padre acomodado que le negó su nombre y su cariño fueron capaces de arrancarlo para siempre de su lejana Cajabamba para traerlo al abrazo de nuestro límpido cielo y al goce de la dicha refrescante de nuestras aguas.

No le fue ingrato el amor. La bisabuela Juana más bien lo estuvo esperando después de que el fogonazo de sus primeras miradas les alborotara el sentido común. Lima, aquellos años, era bastante grande; pero no lo suficiente como para borrar la posibilidad de un nuevo encuentro entre el soldadito cajamarquino en servicio militar y la muchacha del valle de visita en la capital. El día en que mi bisabuela, junto a su padre, sudorosa y agobiada por la trama engorrosa de sus polleras, retornaba con una partida de arrieros hacia el valle, la casualidad le permitió un segundo encuentro con el tiempo indispensable para decirle al soldadito: Me regreso para Concepción, en el valle del Mantaro.

Transcurrieron dos años para que el soldadito, una mañana diáfana de heladas penetrantes, apareciera en el portón de la casa, con su alforja repleta de recuerdos peregrinos y la bisabuela, habiéndolo divisado en el instante mismo en que él se detuvo para tomar aliento e intentar el pactado silbido anunciador de su presencia, sin decir palabra alguna, corrió a la misma velocidad de sus latidos, se colgó del cuello del viajero, de un salto quedó a horcajadas derribando al sorprendido visitante y sin concederle la oportunidad para reponerse del susto, le cobró todo sus dolores de ausencia con un beso hambriento de urgencias contenidas. Eso bastó para que el matrimonio se realizara a trámites acelerados.

Lo extraordinario del bisabuelo es que llegó apenas con su enorme cargamento de amor y sin dinero para iniciar los trámites de su propio destino. A fuerza de fe fundó una nueva familia y a fuerza de brazos comenzó a pircar los cimientos de su vida en el valle. Trabajó a diario desde el primer anunció del alba hasta la muerte del último rayo del sol y la tierra le fue fructífera; las lluvias, benignas; las cosechas, abundantes; y la fortuna, prometedora.

Los bisabuelos, a inicios del siglo, se dieron tiempo para explorar todas las vertientes de su amor sin reticencias ni falsos temores; fueron felices pero no les cayó a bien el arte de engendrar hijos. En una época en que las buenas familias campesinas sobrepasaban la decena de descendientes, mis bisabuelos apenas tuvieron dos: el abuelo Ramón, y la tía abuela Victoria. Al bisabuelo le faltó tiempo para ver a sus hijos realizados: le vino la muerte por correr en los campos, recién comido, tras un toro descontrolado, justo el año en que llegó el tren para cambiarnos la vida, los hábitos y las historias que para entonces eran reales y ahora sólo delirio de viejos.

Yo soy uno de los bisnietos de Eugenio y Juana. Nací a punto de iniciar la sexta década del siglo y Concepción, entonces, ya era capital de provincia, tenía el parque más bello de todo el valle y los fantasmas que se tomaban su tiempo para compartir con los abuelos se habían ido por los rumbos vacíos, que se abrieron con la llegada del tren, con la apertura de la nueva carretera, con la invasión de los vehículos de motor y las otras argucias técnicas del mundo moderno. A pesar de todo pude heredar todavía de la noche sus misterios y del sol la hipnótica luz que me hiciera guardar lo que otros ya no alcanzaron a ver.

Yo tuve la suerte de vivir un tiempo en Lima, en la grata compañía de la abuela Victoria, cuando me fui a estudiar en la universidad. Su esposo, el abuelo Basilio había muerto tres años antes, aunque en realidad ya no vivía en el mismo suelo que pisan nuestros pies desde otros cinco años más atrás. Pasaba sus noches en el auto destartalado de su hijo, afuera de la casa, en el Jirón Recuay, en Chacra Colorada, y no dormía dedicado a reconstruir su pasado con discursos confusos donde mezclaba hechos de distintas épocas de su vida, acontecimientos reales y soñados; pero, sobre todo, recordaba los tiempos felices en que compartió con Gallito Fino.

Se reunían en el barranco de Paccha, trajinaban los pastizales y pantanos de La Isla hasta dar con el lugar convenido. Gallito Fino y su cliente chacchaban la coca endulzada con llipta, se tomaban sus buenos tragos de aguardiente mientras el adivino le advertía a la víctima sobre los riesgos de conversar con los muertos y, mientras lo iba sugestionando; el abuelo, escondido, se preparaba para la sesión.

Durante el interrogatorio era cuando el abuelo tenía que demostrar lo mejor de su arte. Daba al cliente referencias difusas, hábilmente preparadas para que la víctima terminara por armar su propia historia y concluyera por enterarse de las cosas que en el fondo de sí mismo quería confirmar. Entonces la voz del abuelo era la voz del muerto amado. El pensamiento del abuelo, el pensamiento del muerto consultado y, otras veces, la voz y el pensamiento mismo del diablo. Lo que ocurriera después ya no era responsabilidad de Gallito Fino ni de su mediador; aunque sucedieron, muchas veces, desgracias por culpa de sus malos consejos. Aún así, el adivino era respetado.

Gallito Fino se fue del mundo sin tener anuncio de sus amigos, los muertos. Después de una borrachera abusiva, se quedó para siempre en la noche estancada dejando al abuelo en la orfandad laboral. Por eso llegó a la capital para vivir de las propinas de los hijos, después de haber intentado recorrer por su cuenta el camino de la magia negra y haber fracasado.

Me fui a Lima a los diecisiete años y no pude acostumbrarme a sus amaneceres apretujados de niebla, a sus sofocantes embotellamientos de carros ni a los riesgos de vivir al cuidado de quien te va a robar el sencillo de tus bolsillos o rasgarte el amor propio con un despectivo serrano de mierda. Así que me regresé para seguir acompañando los avatares de mis padres, como de niño lo hacía y, lo recuerdo con ternura ahora.

Hoy el mundo está cambiando más rápido que en cualquier otro tiempo, pero no puedo olvidar lo que viví al cariño de la familia, al brillo azul del cielo que me ilumina y al aire mágico que me inspira.

domingo, 31 de enero de 2010

Fechar después del año 2000


Por: Freddy A. Contreras Oré

Hasta el día 31 de diciembre de 1999 los hispanohablantes no tuvimos mayores problemas para fechar correctamente. Pero, a partir del día uno de enero de 2000, el uso de la norma lingüística se ha visto terriblemente afectada por el incremento indebido del artículo y la conformación del apócope del.

Cuando se fecha se da información de la ubicación determinada de un lapso estableciendo el número de días, el mes y el año que transcurren. Los números son adjetivos y los adjetivos delimitan la amplitud del sustantivo.

Yo nací un día del mes de enero, no delimita con exactitud el día ni el año. Yo nací el día uno del mes de enero del año 2000, delimita con mayor precisión; no cualquier día, sino el día uno; no cualquier año, sino el año 2000.

Los números uno y 2000 delimitan la amplitud de los sustantivos día y año. Son modificadores del sustantivo y, por tanto, adjetivos numerales, cardinales.

Cuando un adjetivo es antecedido por un artículo se presenta un adjetivo sustantivado; es decir, un adjetivo que cumple función de un sustantivo; pero, ésta es una virtud exclusiva de los adjetivos calificativos; nunca, de los adjetivos numerales.

Partiendo de la expresión “el niño estudioso”, se puede decir “el estudioso” y es una expresión correcta; pero, partiendo de “el día 8” no se puede decir “el 8”; ni partiendo de “el año 2000”, se puede decir “el 2000”; porque, reitero, los adjetivos numerales no se sustantivan.

Por tanto, la expresión correcta para una fecha, siguiendo las normas que ya usábamos hasta 1999, debe ser: Nací en uno de enero de 2000. Eligieron al nuevo presidente en 4 de junio de 2006. Nos reuniremos en 21 de julio de 2006.

Si dijéramos “el día 4” el artículo antecede con propiedad al sustantivo día; pero, cuando no se emplea el sustantivo debemos sustituirla con la preposición en.

Cabe recordar también que los nombres de los días, meses y estaciones no se escriben con mayúscula.

La revista QUEHACER, en su último número del bimestre mayo-junio, nos alcanza una excelente muestra de propiedad lingüística cuando dice:
“En el mes anterior a la primera vuelta de 2006, los diarios populares hicieron 55 menciones negativas sobre Humala en primera plana y sólo una en el caso de Flores.”
En la ultima novela de Mario Vargas Llosa “Travesuras de la niña mala”, la editorial Alfaguara registra en su colofón: “Este libro se terminó de imprimir en (…), Lima 3, Perú en el mes de abril de 2006.

Sigamos los buenos ejemplos en nuestro hablar y escribir.

martes, 8 de diciembre de 2009

Zafa casas y otras zafaduras


Por: Freddy A. Contreras Oré

Allá en tiempos idos, cuando yo era aún niño, era común oír de boca de nuestros abuelos y abuelas, al referirse a un integrante de la familia recogido o adoptado, que “lo están haciendo zafar” por decir que han asumido con ellos la responsabilidad de mantenerlos, educarlos y principalmente capacitarlos para valerse por sí mismos llegado el momento de asumir su propio destino.

En mi memoria guardo todavía fresco el recuerdo de un grato amigo de infancia a quien su madrastra le dio crianza y le brindó su desinteresada ayuda hasta que él, a los doce años de edad, decidió irse a la capital en busca de trabajo y con el deseo de alimentar nuevas perspectivas para su entonces limitada vida campesina. Su buena madrastra, entre una mezcla de orgullo y duelo por aquella partida, decía que lo dejó irse “ya zafadito”, dotado de lo necesario para actuar como dueño de sí mismo y poseedor de capacidades para enfrentar las exigencias de la vida. Tan cierto llegó a ser lo dicho por la venerable mujer que actualmente mi amigo radica en la capital, es fundador de una familia amorosamente unida y ejemplar, tiene casa propia, es dueño de un negocio que le permite amasar una solvente fortuna para asegurarse una vejez tranquila y educa a dos hijos en el extranjero.

Esta acepción regional de la palabra zafar se ha ido desvirtuando con el paso de los años, tanto que hoy es motivo de sorna e interpretación ambigua. Hoy sólo los viejos verdes y las tías reprimidas “hacen zafar” a púberes del sexo opuesto para aprovecharse de ellos y ellas. Hoy, en cantinas y corrillos de cotillas, es la risa maliciosa y estentórea la que trasluce el doble sentido de lo que fue una edificante expresión en los tiempos de nuestros abuelos. Pero el cambio no ha afectado sólo el sentido, sino también que al escribirla hoy sustituyen con el grafema “s” lo que en su escritura original es “z”.

Aclaremos. Ningún diccionario de la lengua española registra la palabra “safar” ni ninguna otra que se le asemeja o puede servir de base para su posible derivación. Mientras tanto, la palabra zafar tiene varias acepciones dentro de las que pasamos a mencionar: (1) adornar, guarnecer, hermosear o cubrir; (2) desembarazar, quitar los estorbos de algo, desentenderse, librarse de un compromiso.

Las acepciones del bloque (2) son las que se utilizan con más frecuencia: Zafarse de una deuda, Záfate de esa flaca, Zafémonos del baile, etc. Etimológicamente proviene del árabe zha que significa fugarse, irse. Consecuentemente, una persona que se zafa se desentiende de obligaciones, de normas, modelos y resulta zafada, atrevida, descarada, perturbada. Tanta zafadura concluye en una desaparición física y en un fugarse mental del entorno. De este sentido proviene también la palabra zafarrancho: retirarse de la cubierta de un buque para esperar un combate.

Las acepciones del bloque (1) son las que menos se utilizan y poseen significación reservada exclusivamente a los trabajos de albañilería, de modo fundamental para la etapa de los acabados y el enlucido de la casa. De modo que cuando en nuestros pueblos andinos se hace una fiesta de zafa casa, no es en realidad una celebración por la culminación de los trabajos, sino una manifestación de gratitud hacia los amigos y la comunidad en general que favoreció la construcción; y porque con el techado, la colocación de la cruz, los otros símbolos y con la realización de los demás ritos, la casa ha quedado presta para una nueva etapa que consiste en hermosearla y convertirla en habitable al gusto de sus dueños.

Es este significante relacionado a la construcción la que, posiblemente, tomaron nuestros antepasados, por analogía, para asumir la formación de sus hijos y de otros menores que llegaron a depender de ellos. Hacer zafar a un niño no consistía solamente en dejarlos crecer con la seguridad del techo, el abrigo y el buen alimento; sino también fortalecer su espíritu con la presencia del amor bien compartido, la disciplina rigurosa y el ejemplo en el trabajo.

Una casa zafada es vistosa, agradablemente hermoseada. Un joven bien zafado ha de tener rasgos físicos y morales visiblemente apreciables que evidencian el digno sello del hogar que le dio factura. En el otro extremo están los padres zafados que nunca lograron zafar ni casa ni buenos hijos.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Simil-gentilicios institucionales


Por: Freddy A. Contreras Oré


Como componente importante de la identidad institucional, la mayoría de escuelas y colegios de nuestro medio utilizan nominaciones símil-gentilicias para identificarse entre sus maestros, estudiantes y exalumnos. En nuestro Concepción cercado, sin embargo, de las cuatro instituciones educativas más importantes, merecen destacarse a las devotas toledanas y a las corazonistas emprendedoras como que utilizan las nominaciones más adecuadas, dentro de los términos de propiedad lingüística.


Doy paso a una digresión terminológica muy breve: los gentilicios son adjetivos derivados que hacen referencia al lugar de procedencia de un ser; este lugar de origen es un topónimo y éstos son los nombres de espacios geográficos. Los adjetivos derivados que se refieren a la procedencia de instituciones siguen las mismas pautas, pero no son auténticos gentilicios; por los que, en éste artículo, los llamo símil-gentilicios.


Si bien, sobre gentilicios y similares, no hay norma establecida con sentido estricto; sí debemos asumir principios generales como base para formularlos. Tenemos, en primer lugar, aquéllos que no guardan relación directa con las frases sustantivas originales, pero que derivan de un referente importante vinculado con la institución, tal como el nombrar Lorentinos a los miembros del Colegio “Santa Isabel” de Huancayo en mérito a don Sebastián Lorente, gestor de la mencionada casa de estudios.


Lo propio y usual es que estos derivados destacan el núcleo de la frase nominal o el apellido, si se refiere a personas. En el caso de la I.E. “Lorenzo Alcalá Pomalaza”, atribuirse la voz símil-gentilicia “Lorencinos” es destacar el nombre de un Lorenzo cualquiera entre tantos que puedan existir; esta expresión es más apropiada para los lugares que llevan el nombre de “San Lorenzo” o, si fuera el caso, nombres de personas con el apellido Lorenzo. Para la institución educativa en cuestión, su símil-gentilicio correcto debe ser alcalaínos, que destaca el apellido Alcalá de su epónimo tutor; más aún, teniendo en cuenta que este gentilicio existe registrado en el diccionario de la Real Academia para los originarios de varias poblaciones españolas que llevan el onoma Alcalá.


Nuestras inquietas damitas del “Sagrado Corazón de Jesús” se nombraban a sí mismas “sagradinas”, destacando el modificador de la frase nominal y no el núcleo, que es corazón. Gracias a la difusión de un artículo que publiqué hace tres años atrás adoptaron un símil-gentilicio más adecuado: corazonistas, el mismo que también registra el diccionario de la Real Academia para todo lo relativo al Sagrado Corazón de Jesús y de María.


El emblemático “9 de Julio” constituye un tema aparte; ya que sus integrantes emplean el adjetivo nono, que es un ordinal y un partitivo, en reemplazo del nueve que es un cardinal; es el equivalente de decir tercio en lugar de tres o sexto en lugar de seis. Ninguna inteligencia lúcida puede aceptar que una ubicación secuencial o una unidad dividida es lo mismo que varias unidades juntas. Por tanto, en referencia a la heroica fecha que conmemoramos los concepcioninos, su gentilicio debe ser nuevejulinos. O, si se trata de hacer notar el núcleo de la frase sustantiva, simplemente julinos o julianos como lo registra el diccionario oficial de nuestra lengua para todo lo concerniente al mes en referencia y la onomástica de Julio, el sustantivo propio.

lunes, 13 de julio de 2009

Otros gentilicios de Concepción


Por: Freddy A. Contreras Oré

Toda búsqueda nos lleva por caminos inusitados y prometedores. Todo ahínco por andar de la mano con la curiosidad y las artes de auscultar libros nos conduce a los espaciosos desbordes de nuevos saberes que encadenan a otros y otros que animan al crecimiento gozoso del intelecto. Muchos aires han corrido desde que publiqué hace dos años un comentario sobre el gentilicio de nuestra heroica patria chica y ahora me siento impelido a ampliarla con las nuevas anotaciones que desde entonces he venido recopilando.

Procedimiento regular en la formación de gentilicios es partir del topónimo enterizo (nombre completo del lugar) y agregar el sufijo gentilicio (es, ense, ino, ano, itano, aco, eño, etc); siempre en cuando éste termine en consonante: Oyón – oyonista, Tumbes – tumbesino, Comas – comasino, Huaral – huaralino, Concepción – concepcionino. Pero cuando el topónimo termina en vocal, se sustrae la última para agregarle el sufijo gentilicio: Arequipa – arequipeño, Aco – aquense, Lima – limeño, Cajamarca – cajamarquino.

Sin embargo, por acomodos de carácter fónico, algunos gentilicios se forman sustrayendo una vocal y una consonante finales, son el caso de La Libertad – liberteño, Apurímac – apurimeño, La Oroya – oroíno, Huancayo – huancaíno; casos donde la regularidad lingüística nos llevaría a conformar nombres de pronunciación forzada.

Otros gentilicios que se desvían de la norma son aquellos que hacen referencia al nombre antiguo del lugar y no al topónimo actual. Es el caso de pampino para los habitantes de Santo Domingo del Prado que deriva de Pampa, el nombre ancestral del paraje. En base a ese criterio, don Aquilino Castro Vásquez, en su libro Hanan Huanca, utiliza el gentilicio achino para referirse a los habitantes de Concepción; vindicando del nombre prehispánico de nuestra tierra.

Tampoco es de descartar el gentilicio que hace medio siglo se usaba en nuestro entorno: concebido. Si bien éste deriva del verbo concebir y no del sustantivo concepción, ambos forman una misma familia léxica y el criterio derivativo establece que es un gentilicio cognado, es decir que tiene una raíz común con el topónimo y ejemplos de esta clase son frecuentes en la formación de gentilicios: Rinconada – rinconense (de rincón y no de rinconada), Platería – platinense (de platino y no de platería).

El neologismo concepcino que dio motivo a mi anterior artículo es el único que no tiene los pies puestos en la regularidad ni en la excepción, es simplemente caprichoso. Sustrae una porción del topónimo para combinarlo con el sufijo gentilicio sin sustento en ningún procedimiento morfológico al alcance del análisis gramatical. Los topónimos son nombres propios que cuando se derivan se mantienen enterizos pese a que en su conformación original pueden contar con desinencias y afijos. En el procedimiento derivativo de los gentilicios se presentan casos en los que algunas terminaciones que se asemejan a desinencias y sufijos se toman como tales y se les sustrae del tema; pero en el caso de Concepción está claro que on no es sufijo y, aunque tiene similitud con el aumentativo, definitivamente no lo es. Por tanto, esperamos una sincera corrección de su promotor y nos allegamos a los hijos de nuestra localidad: orgullosos de ser concepcioninos, achinos, concebidos, en medio de los aromas del pan de anís y las acogedoras sombras del eucalipto.

miércoles, 22 de abril de 2009

Sirenas o nereidas


Por: Freddy A. Contreras Oré

Hace algún tiempo atrás, el rumor de una extraordinaria aparición se difundió por diferentes medios de comunicación en un par de días, y demostró mayor efectividad que cualquier otra noticia del frustrante anecdotario político o de las morbosas tragedias de carreteras: una criatura fabulosa, propia de la mitología clásica occidental, había sido encontrada en una laguna cercana al Huaytapallana, nuestra sagrada cordillera, y se anunciaba una secuela de presagios ingratos para el valle.

Para bien, la noticia quedó desvirtuada en breve tiempo y no es mi preocupación analizarla como un hecho sociológico, eso queda en manos de los especialistas. Sólo debo acotar que las mismas fotografías que se difundieron en los espacios noticiosos y en la red digital aquellos días, carecían de resolución y eran visiblemente trucadas. Mi interés sobre el tema se dirige a la relación equivocada entre el concepto, la idea, el contenido y; la voz, el término, la expresión que usamos para referirlo.

En la mitología clásica se considera que las sirenas son ninfas marinas, hijas de Aqueloo, el dios río, y su madre era una musa identificada como Calíope. Tenían busto de mujer y cuerpo de ave; extraviaban a los navegantes atrayéndolos con la dulzura de su canto, relataban bellas historias, tenían poderes de adivinación y fama de ser crueles. Su musicalidad, la seducción de su canto, deriva precisamente de su condición de hijas de una musa. En su condición de mujeres cantaban, festejaban y acompañaban a Perséfone, y cuando ésta fue raptada por Plutón se convirtieron en mujeres-pájaro por propia decisión para permanecer siempre vírgenes; o sostienen otros, por castigo de Démeter, la madre de aquélla, por no haberla protegido. Ulises, el héroe homérico, pudo evitar el caer víctima del encantamiento de las sirenas gracias a que obstruyó con cera el conducto auditivo de los tripulantes y, atado al mástil de su embarcación, las escuchó hasta el delirio, pero no se rindió al embrujo que lo llevaría a terminar en la isla devorado por ellas, como le había advertido la maga Circe.

La versión de la imagen de estas sirenas como mujeres-pez se inicia en la edad media cuando la visión religiosa de aquella época los lleva a establecer en ellas una relación de contubernio con la seducción pecaminosa y la tentación de la carne; las presentan, entonces, con tez blanca, cabello rubio, siluetas exuberantes, encantadoramente atractivas y hasta capaces de corresponder a los sentimientos de sus captores, en contraposición a las devoradoras y carniceras de su condición anterior. En cuanto a su difusión gráfica, los artistas plásticos pueden, además, hacer una adaptación más cómoda y estética del cuerpo femenino, en las partes de la cintura y caderas, a un remate con cola de pez.

La hipótesis más aceptable para explicar el cambio puede estar en el aspecto lingüístico: en el griego antiguo la voz pteguin significa alas y aletas a la vez; en latín sólo se diferencia por una letra pinnis-pennis; por lo que en la edad media la imagen de las sirenas fue reelaborada partiendo de una mala interpretación de sentido.

Las ninfas que si corresponden a las características que arriba se describen son las nereidas, también habitantes del mar, hijas de Nereo y extraordinariamente bellas, jóvenes mujeres de la cintura para arriba y cola de pez hacia abajo que seducían y raptaban a los navegantes llevándolos al mundo submarino para ser sus amantes. En ambos casos, las sirenas y nereidas, eran ninfas marinas, nunca de ríos o lagos. Provienen de la mitología clásica. En nuestra mitología andina no se registran seres con semejantes dotes; aunque en la nuestra encontramos una riqueza muy singular, pero se orientan a una visión del mundo y de sus dioses muy distintos.

La fuente originaria de toda mitología es aquello que nos asombra y que la experiencia directa no puede explicar; así también, todo orden social y cultural que se tambalean crea sus mitos para justificar su propia crisis.

miércoles, 15 de abril de 2009

El canónigo del taco


Por: Freddy A. Contreras Oré

En sus “Tradiciones Peruanas”, don Ricardo Palma publicó en total 453 tradiciones que recogen de la historia sus argumentos y el ambiente para ser retocados con las telarañas del ingenio de nuestro tradicionista dando origen a un género inconfundible que no es historia ni leyenda sino poesía aderezada con datos de la verdad o fantasía hechizada con fogonazos de historia.

Durante mis vacaciones escolares de cuarto de secundaria, allá a mediados de los años setenta, me dejé ganar por la magia de tan voluminosa obra del abuelo Palma y, desde entonces, guardo especial cariño por esta tradición que ahora quiero compartir con los y las jóvenes estudiantes de mi provincia:

Cura de Concepción, en la provincia de Jauja, era por aquellos años el señor Pasquel, dignísimo sacerdote que andando los tiempos ocupó alta jerarquía eclesiástica. Cierto que no tuvo en el cerebro mucho de lo de Salomón; pero era un celoso pastor de almas, fiel cumplidor de sus deberes y de moralidad tan acrisolada que jamás pecó contra el sexto mandamiento.

Al pasar Orbegoso por Concepción alojóse en casa del cura, que había sido su amigo de la infancia y con quien se trataba tú por tú. El señor Pasquel echó el resto, como se dice, para agasajar a su condiscípulo el presidente y comitiva.

Entre los acompañantes de su excelencia había algunos militares del cuño antiguo que sazonaban la palabra con abundancia de ajos y cebollas, lo que traía alarmado al pulcro cura de Concepción, temeroso de que se contagiasen sus feligreses y saliesen, a roso y belloso, escupiendo interjecciones crudas.

Una noche en que platicaba íntimamente con Orbegoso, agotado ya el tema de las reminiscencias infantiles, habló el señor Pasquel de lo conveniente que sería dictar ordenanzas penando severamente a los militares que echasen un terno. Rióse su excelencia de las pudibundas alarmas del buen párroco, y díjole:
-Mira curita, así como a ustedes no se les puede prohibir que digan la misa en latín, lengua que ni el sacristán les entiende, tampoco se les puede negar al soldado el privilegio de hablar gordo. Muchas batallas se ganan por un taco redondo echado a tiempo, y para quitarte escrúpulos te empeño palabra de hacerte canónigo del coro de Lima el día que te oiga echar en público un…culebrón retumbante.

Como hasta en el pecho de los santos suele morder el demonio de la ambición, diose a cavilar el señor Pasquel, en que una canonjía metropolitana es bocado suculento, y de canónigo a obispo no hay más que una pulgada de camino, como diz que dice el abate Cucaracha de la Granja, a quien mis choznos verán mitrado.

Al siguiente día, con el pie ya en el estribo y rodeado de edecanes y demás muchitanga que forma el obligado cortejo de un presidente republicano, despedíase Orbegoso de su condiscípulo el cura. Este, que había meditado largo y resuéltose a ser canónigo, le dijo:
-Conque, José Luis, ¿eso de la canonjía es verdad o bufonada?
-Lo dicho, dicho, curita; pero no hay canonjía sin un taco enérgico. Conque decídete, que el tiempo vuela y hay muchos niños para un trompo.

El señor cura se puso carnesí hasta el blanco de las uñas, cerró los ojos y exclamó:
-¡Qué cara…coles! ¡Hazlo, si quieres, y si no, déjalo!

Y después de lanzada la tremenda exclamación, el señor Pasquel, escandalizado, asustado del taco redondo que sus sacerdotales labios acababan de proferir, corrió a encerrarse en su cuarto y cayó de rodillas dándose golpes de pecho.

Quince días más tarde llegaba a Concepción un posta y apeóse a la puerta de la casa parroquial.

Orbegoso había cumplido su palabra, y el señor Pasquel era canónigo.

Pero por lo mismo que en el agraciado había mérito y virtudes que lo hacían digno hasta de la mitra, encontró émulos en sus compañeros de coro, que lo bautizaron con el apodo de el canónigo del taco.