martes, 10 de diciembre de 2019

El Aplash, el búho y el árbol del amor



Relato de creación colectiva - Quinto de secundaria

Curiosa, lo vigilaba como una sombra pegajosa tras su incierto trajinar; así descubrí lo que tanto quería saber. Como no disponía de mucho tiempo y mi mamita podría buscarme, solo aprovechaba los días domingos en que la mujer que me dio la vida participaba de las faenas comunales de construcción de nuestra Plaza de Toros. Así pues, pude enterarme que el “Aplash” era un jardinero y que, al no tener casa propia, vivía al cobijo de los añosos árboles del parque.

Un domingo me acerqué con recelo y le pregunté:
-          ¿De dónde vienes usted?
-          Eso ya no importa…, me dijo.
-          Belinda. Hasta otro día…, me presenté.
-          Graciasss…, le oí responder con voz de porongo vacío.

Me mantuve pensando mientras regresaba a mi casa. De lo mucho que pudo decirme, solo me dijo “Gracias”. Tuve la corazonada de que era alguien que estaba añorando desde hace mucho tiempo una pizquita de cariño; en adelante traté de ganarme su confianza.

Era un muchacho tristón y extraño. Lo llamaban el “Aplash” porque solo veía con su ojo derecho y tapaba todo su rostro con su chalina. ¿Qué misterio guardaba?

En sus momentos libres se tiraba a descansar bajo la sombra de un árbol coposo, cuyas ramas le protegían de los ardientes rayos solares, tocando con su quena una melodía tan triste que me transportaba al tiempo doloroso de la muerte de mi mamacha Julia. ¿Qué causaba su soledad acongojada?

Al domingo siguiente.
-          Hola, soy la Belinda y ¿tú eres?
-          Nicolás. Ya sé lo qué quieres preguntarme. Mi madre quedó viuda cuando yo tenía catorce años; como en casa no había quien asumiera la responsabilidad de mantener el hogar, yo lo hice por la necesidad y porque no podía conformarme con el hambre ni la pobreza. Todos los años sembrábamos papas y…
-          ¿Y qué nomás?
-          ¡Maldito año! Mi madre me mandó en compañía de mi hermano Juan, aquella tarde… Y al volver a casa…
-          Continúa, le dije.
-          ¡Mi madre estaba muerta!
Nos quedamos calladitos.
-          ¿Qué lo pasó?
-          Lo mataron. Es un misterio; pero apareció muerta.
-          ¿Y el Juan?
-          Salió desesperado a buscar a los asesinos. Nunca regresó. Yo trataba de despertar a mi madre y él salió dando gritos. Lo he buscado removiendo las piedras y preguntando a los cerros. Desapareció.

El llanto mojó sus mejillas y siguió hablando.
-          Divagué más de siete días tratando de olvidar mi desgracia. No pude. Una tarde de angustia, saqué de mi alforja algunos rocotos que machaqué con unas piedras y me eché el emplasto en el ojo izquierdo. No sé si quería olvidar o solo castigarme nomás, ya que ningún dolor puede ser más intenso que aquel que ya tuve con la pérdida de mi familia.

Me llamó mi mamita.
-          Hasta el domingo, Nicolás.
Al llegar a mi casa comprendí aquel desganado “gracias” de la primera conversación.

El domingo que prosigue, estaba tranquilo, pero su mirada brillaba como un espejo lleno de ilusión y me lo dijo directamente, sin siquiera prevenírmelo:
-          Mi amor verdadero, ya lo encontré.
Prometió no volver a taparse más su rostro. Que antes lo había hecho por la vergüenza de su ojo dañado y por miedo a caer en poder de la misma maldición que acabó con su mamita y su hermano.

Quedé paralizada al mirar su cara bien bonita como del niño Jesús. Era buen mozo. Quedamos mudos al frente el uno del otro. Yo mirando su rostro chaposo con su mueca de muchacho ido mirando el horizonte con su ojo sano; y él, segurito, divagando su pensamiento junto a las nubes o aleteando al lado de las torcazas distantes.
-          Es ella, me dijo… La conocí bajo la sombra de aquel árbol, el árbol del amor. Es Juliana.
Siguió hablando y suspirando profundamente.

Fue una nueva sorpresa para mí. Dándome vuelta rápidamente hacia atrás, pude ver a la hermosa hija del señor Peña García.

Escondiendo mi desilusión, me puse a pensar en la tremenda diferencia social y, a pesar de estar los dos bien plantados y guapos, el ojo izquierdo de Nicolás lo malograba todito, por lo menos para las prejuiciosas costumbres de mi pueblo.
-          El problema que estás imaginando ya se presentó en nuestras vidas, me contó. Estamos enamorados y no podemos vernos a la luz del día porque el señor Peña García la tiene encerrada y cuando sale a la calle, lo hace acompañada y bajo rigurosa vigilancia. Solo podemos vernos a altas horas de la noche, cuando sus parientes duermen y siempre separados por las rejas metálicas de su ventana.

¡Hay diosito! ¿Qué será ahora lo que mis paisanos andan diciendo? Que todas las noches se mete un búho en la habitación de la señorita Juliana. A lo mejor el “Aplash” tiene que ver con esto y yo que lo estoy ojeando como si se tratara de un buen muchacho. A lo mejor tiene malas andanzas el condenado.

Me tuve que alejar de Nicolás. En poco tiempo más las malas lenguas comentaban que a la señorita Juliana le estaba creciendo la panza y rapidito se casó con Nicolás. Al señor Peña García no le quedó otra, porque sino a su hija le iba a caer la mala fama de ser una cualquierita que se regala sin estar bendecida por el santo matrimonio.

El tiempo ya me hizo olvidar la rabia que sentí entonces yo que estaba tan descocada y por perder la cordura por ese ingrato. Conversé por última vez con él cuando ya estábamos viejos y tuve que ir a su casa para ponerle el cuy y sanar sus fuertes dolores de espalda, su mujer ya había muerto por lo menos diez años atrás.
-          Yo dormía todos los días bajo la sombra del árbol porque me acostumbré a las invocaciones de los búhos y poco a poco aprendí a ser como ellos y finalmente fui uno de ellos.
-          ¿Cómo?, le pregunté.
-    Me convertí en búho para estar con mi amada. Ellos nunca me dejan, ni me dejarán jamás. Mi Juliana no murió nunca, vive en la savia de aquel árbol. En las noches el aire mueve sus hojas y ella canta, mueve sus ramas y tiene un abrazo acogedor que abriga mi cuerpo.

lunes, 9 de diciembre de 2019

Lucila



Relato de creación colectiva - Segundo de secundaria

No tienes por qué enterarte de todos los pormenores. Yo solo te cuento lo que converso con esa anciana cada vez que la encuentro acurrucada entre los matorrales. El aroma del cedrón ayuda, pero también la brisa del atardecer y las sombras que van ganando terreno a las cinco de la tarde. Si no es hoy, puede ocurrir mañana, solamente la tienes que esperar aquí y a esta hora.

Me dijo la viejita que recibió de un hada una semilla y la sembró. Regó el terreno. La planta creció y produjo una flor que, al abrirse, dejó ver, en medio de la corola, una diminuta niña a quien nombraron Lucila. Le confeccionó, con hebras de luz, seis hermosos trajes, le arregló una cama dentro de una cáscara de nuez y cubrió su cuerpo con pétalos de rosa.

Todo iba bien hasta que pasó volando por el lugar una libélula, quien, cogiendo a la pequeña con sus seis patas, se la llevó al árbol donde vivía. Las jóvenes crías la encontraron muy fea y decían: -No tiene más que dos piernas y dos bracitos, y la pobre carece de alas para volar.

Tanto la despreciaron que la libélula dejó en libertad a Lucila, quien anduvo el verano completamente sola en el bosque. Comía trocitos de frutas silvestres y calmaba su sed con gotas de roció. Cuando advino el invierno, la pobre sintió frío y buscó abrigo. Mortificada por las heladas y el hambre, pidió a un conejo alojamiento y comida hasta el retorno del verano. El conejo, compadecido, la dejó vivir con él, recibiendo ayuda de ella en los quehaceres de la casa.

Un día, la pequeñuela vio, tendida en el suelo, a una golondrina tiritando de frío. La cubrió con hojas para calentarla y, cuando la avecilla abrió los ojos, la niñita prometió visitarla todos los días.

Pasado el tiempo, un cobayo, amigo del conejo, se enamoró de Lucila y decidió hacerla su esposa. La boda quedó fijada para el verano próximo, y el cobayo inició los preparativos matrimoniales. Pero la niña no se sentía feliz con la idea de ser la cónyuge de un roedor y lloraba noche y día. Solo se consolaba cuando la golondrina venía hasta ella, arrastrando sus heridas alas, y escuchaba con paciencia aquellos lamentos.

Días después, la golondrina, sintiéndose ya con fuerzas, la hizo subir sobre su cuello y emprendió raudo vuelo llevándola hasta un jardín, en cuyas flores vivían mujercitas y hombrecitos tan pequeños como Lucila. Y fue feliz junto a sus iguales, compartiendo con los demás la dicha de vivir sin odios ni apetitos malsanos.

sábado, 7 de diciembre de 2019

Un día de susto



Relato de creación colectiva - Segundo de secundaria

Mi prima Domitila y sus padres fueron invitados a una fiesta de bautizo en Sapallanga. Se prepararon muy temprano y partieron para llegar puntuales. La hora es la hora.

Ya en Huancayo, recorrieron varias tiendas en pos de comprar regalos, tal como decían mis abuelitos, para no llegar con las manos calatas o solo mostrando su bonita cara.

Con dirección a la casa de los anfitriones, tomaron un taxi que parecía lata vieja y desportillada. Sorprendieron a sus parientes en plenos preparativos para ir a misa; entonces, tuvieron que esperar un tiempo prolongado y aburrido para dirigirse todos juntos a la iglesia.

Llegaron justo cuando el sacerdote estaba por iniciar la ceremonia.

En plena celebración, entre los cánticos desganados de los asistentes y la solemnidad del acto litúrgico, escucharon una voz estentórea y amenazadora que decía - ¡todos ustedes son mis enemigos! La gente, entre empujones, alaridos y atascos se apresuró en salir corriendo, menos mi prima que quería saber quién provocaba el alboroto.

El cura, sorprendido, rezaba y rezaba, cuando irrumpió en el altar un gato negro, muy negro y grandote que hasta parecía escurecer la iglesia con su sombra. El padre, ahora con los ojos desorbitados por el miedo, se desmayó. El gato portaba una capa colorada, tenía orejas puntiagudas y curvadas como cuernos, dientes afilados y ojos ardientes como brasas de pachamanca. Su intención era llevarse todas las valiosas joyas del templo.

Impulsado por su ambición voraz se le ocurrió coger una alhaja de la patrona del pueblo. De inmediato se encendió, fulgurante, una luz con la figura de la Virgen y preguntó al malvado ladrón con dulce voz, ¿todas mis joyas te quieres llevar?

Mi prima pudo ver cómo el gato endemoniado se convertía en mármol tallado que se acurrucó como manso animal a los pies descalzos de la Madre Divina. Fue su castigo.

Domitila soltó un grito desgarrador y despertó asustada sobre los hombros de su padre quien recién saboreaba una deliciosa patasca antes de acompañar a la comitiva; desde entonces, reza mucho, habla poco y es caminante empedernida de los recovecos del espanto.

viernes, 6 de diciembre de 2019

El árbol de tres ramas


Relato de creación colectiva - Segundo de secundaria


Cansados y pesarosos por no haber terminado la cosecha de papas, los hermanos regresaban a su casa temprano. El aguacero se precipitaba cada vez con más fuerza y a ellos les faltaba todavía un largo trecho por caminar. Los niños comenzaron a preocuparse.

Andrés era el mayor y tenía que cuidar a José. Decidieron cortar camino y se aproximaron al pequeño bosque de la quebrada. Se recordaron que su mamá siempre les había advertido que no se atrevieran a cruzar ese bosquecillo donde vivía una viejita muy mala a quien todos atribuían malignos poderes y decían que convertía en árboles a los perros que aullaban por la noche interrumpiendo su descanso. Quizá con las personas pudiera pasar lo mismo. Los pobladores llamaban al bosque “El cementerio de árboles”.

Los niños iniciaron su travesía sintiendo que el cuerpo se les escarapelaba. No quisieron volver al camino principal porque la lluvia se intensificó y no había donde guarecerse. Eran las cinco de la tarde.

Andrés llevaba a su hermano cogido de las manos. A medio oscurecer vieron un conejo vivaz y pequeño que se internaba con dirección al centro del bosque e inconscientemente se pusieron a seguirle por el caminito que quedó marcado en las hierbas ligeramente dobladas. Encontraron una choza recién construida donde se podía oler el aroma de las retamas florecientes y atrapar con los ojos el frescor de los tallos. Corrieron para protegerse de la lluvia; pero la visión se desvaneció y la tormenta caló en lo más profundo de sus almas desamparadas. Un remolino de truenos y otros retumbos desbordaron el espanto de los muchachos. Para encontrar una respuesta de lo que estaba pasando, observan los alrededores. El susto y la angustia de lo desconocido los hizo correr.

Repentinamente, la lluvia calmó dejándoles ver las estrellas del cielo y la tenue luz de la luna. A cierta distancia, una niña muy hermosa estaba sentada, como esperando, con una sonrisa. Parecía que era la misma luz de la luna convertida en cuerpo tierno, delicado y bello; con cabellos de color de la espiga y carita blanca. Dijo que estaba perdida. Los niños no le creyeron y trataron de alejarse. Retrocedían mirándola, vigilantes de sus movimientos. Como un sueño vaporoso, como una pesadilla que asfixia, la niña iba desapareciendo y de sus pies se esparcía abundante líquido que iba formando un riachuelo.

Quietos y sorprendidos no atinaban a actuar en ningún sentido, cuando del riachuelo sale una libélula luminosa que se posa en el pecho de José. La magia maldita de la noche sorprende a los muchachos, porque en el pecho del niño no estaba prendida ninguna libélula, sino un gavilán negro con el pico sanguinolento y las garras preparadas para arrancarle el corazón. Andrés intenta salvar a su hermano cogiendo una piedra para golpear al rapaz, pero mata a su propio hermano. El riachuelo se pinta de rojo.

Ahora el gavilán ha tomado la apariencia de una viejita y el cuerpo del hermano se convierte en piedra roja que Andrés recoge y escapa a la carrera. La viejita le avienta barro. La mujer maldita hace aparecer de sus dedos llamas de fuego que lanza al niño quien no se detiene y en loca carrera abandona el bosque.

En su casa nadie responde. Fuerza la puerta y encuentra en la cama de su madre otra piedra más grande y también roja. Su desesperación no le permite pensar, seguro que su madre ha muerto bajo el poder de la bruja. Coge un cuchillo y se lo clava en el corazón. Su agonía es lenta, como borrachera que va apoderándose de su cuerpo y lo arroja en el negro abismo. La casa se difumina y, en su lugar, se atiborran las sombras de un árbol con tres ramas junto a tres piedras rojas.

Así se encuentra todavía a la altura del viejo camal, en el riachuelo “La Yucha”. Ahora ya no hay bosque, pero el árbol allí está. Ya no hay bruja, pero cuando se pasa el puente hacia Huaychulo a veces te cruza un conejito blanco. En las noches de luna, se oye el borboteo de las aguas como si fuera una corriente abundante a pesar que durante los días “La Yucha” es tan sólo un riachuelo agonizante. Algo quedará de su pasado. Siempre vas a tener cuidado cuando camines por allí.


lunes, 15 de enero de 2018

El chullachaqui


 Los pobladores ribereños, cuando van a cultivar o sembrar las chacras, dejan a sus niños al cuidado de los mayores. La familia Cairuna Huaynacari tenía siete hijos. Ellos vivían a cierta distancia del centro poblado.
Cierto día, Rocío la hermana mayor, mandó a Rosa de ocho años a recoger agua de la quebrada. Cuando estaba llenando el cántaro escuchó la voz de su madre que le llamaba y le dijo:
-      Ayúdame a traer la carga que está en el camino.
Ambas empezaron a caminar, la niña no sentía cansancio. El camino estaba libre de malezas y espinas. Después de haber caminado un largo rato la niña preguntó:
-      ¿Dónde está la carga mamita?
Ella prestamente contestó:
-      Está por el otro camino. Vete a traer mientras yo descanso.
Pero cuando regresó donde estaba su madre, ya no la encontró. Había desaparecido, incluso el camino. Solo un ñejillal lleno de abrojos estaba. Sus ojos miraron cosas extrañas. Envuelta en un torbellino de desesperación y miedo comenzó a gritar.
-      ¡Auxilio! ¡¡¡Auxilio!!! -.
Pasaron los días y la niña estaba poseída por el duende.
Los padres desesperados la buscaron por diferentes lugares y al no encontrar rastro alguno recurrieron a un brujo, para que a través de su purga vea dónde se encuentra su hija.
El brujo les dijo que su niña fue robada por el chullachaqui. Así mismo, les dio referencia del lugar donde se encontraba. En compañía del hechicero ayahuasquero los atribulados padres caminaron entre la agreste vegetación. De pronto escucharon un llanto infernal. Rosa se encontraba maltratada y fuera de sí. No permitió que nadie se le acercara. El brujo prendió su sharuti, le dio unas cuantas sopladas y lograron agarrarla. La amarraron a un árbol para que el brujo la pueda curar.


Bajo los efluvios de las purgas lograron conducir a la niña hasta su casa. Rosa se despertó y comenzó a jugar con barajas. También cogía muchas monedas y de cierta altura las soltaba haciéndolas tintinear. Así mismo, un grupo de gatos negro maullaban en coro. Unos se metían en la cocina, debajo de la cama. Todo esto hacía que el ambiente se tornara espeluznante y tétrico. En un momento que la dejaban de custodiar, el chullachaqui cargaba con ella. Los padres y vecinos corrían en su ayuda. El duende al sentir la presencia de la gente dejaba a su víctima atrapada entre lianas y malezas. Esta acción se repitió en varias oportunidades.
Sumergidos en las nieblas de mayúscula preocupación, los padres montaron guardia en forma permanente hasta que el brujo ayahuasquero terminara con la terapia.


Rosa a través de sus años primaverales, sin alardear, vive para contar su drama, pesadilla por pesadilla y ruega a las madres que no dejen a sus hijos a merced de la naturaleza.

De Fabián Montoya Terrones, El Yacuruna.

viernes, 5 de enero de 2018

Lo fantástico y lo maravilloso


Es famosa la afirmación de Albert Einstein de que la imaginación es más importante que el conocimiento. La imaginación, la fantasía, nos ayudan a contemplar lo que nos rodea desde una perspectiva original y novedosa. Pero, curiosamente, en el ámbito de la literatura o de la ficción en general, lo fantástico ha sufrido a menudo el desprecio de los que defendían la superioridad de las narraciones realistas, más serias, más importantes.

Se pueden encontrar elementos fantásticos en la literatura de todos los tiempos, fenómenos sobrenaturales que distinguen ciertos relatos de otros que pretenden mostrarnos nuestro entorno tal como lo conocemos. Sin embargo, todas estas narraciones son también, como es obvio, muy diferentes entre sí. ¿Es, entonces, literatura fantástica cualquier obra que tenga un elemento sobrenatural? ¿Nos encontramos ante un mismo tipo de ficción cuando nos enfrentamos a una historia que se desarrolla entre elfos, enanos y otras criaturas feéricas en un contexto como la Tierra Media que cuando leemos un relato en el que un hombre comienza a vomitar conejitos?  David Roas nos dice que para que una obra pueda ser considerada como literatura fantástica no basta con que aparezca lo sobrenatural de forma anecdótica: tiene que encontrarse en la base de la historia. Este género literario no puede funcionar sin la presencia de lo sobrenatural entendido como lo que transgrede las leyes del mundo real. Esta transgresión que encontramos en los cuentos de terror de Allan Poe o en la narrativa corta de Jorge Luis Borges, por citar algunos ejemplos, no puede dejar impasible al lector, que se ve obligado a replantearse su concepto de lo que es real y lo que no lo es.

Luego, también nos podemos encontrar con otro tipo de literatura de fantasía que, sin embargo, es bastante diferente de la que acabamos de describir. Es lo que los críticos han dado en llamar literatura maravillosa. Esta forma de ficción se desarrolla en un mundo secundario, cuyas leyes no son las mismas que rigen nuestro universo, y tiene un final feliz en el que el bien se impone al mal.

En este género, lo sobrenatural no entra en conflicto con nuestro concepto de realidad. Los magos, los dragones y las hadas que aparecen en los cuentos populares no son fantásticos en la medida en que no cuestionan nuestro mundo. Los personajes que habitan estas historias aceptan los encantamientos y los sucesos extraordinarios de todo tipo como algo normal. Lo sobrenatural desde la perspectiva de nuestra realidad es, por tanto, plenamente natural en el nuevo mundo inventado.

Si, tal como afirmábamos antes, la ficción fantástica tiene, en algunos círculos, menos prestigio que la realista por ser considerada como una forma de evasión, lo maravilloso está aún un escalón por debajo de ella. Ya hemos dicho que la literatura fantástica pretende, de algún modo, hacer reflexionar sobre la naturaleza de lo que llamamos realidad, pero ¿qué nos aporta la literatura maravillosa? ¿No nos invita a refugiarnos en una burbuja absurda solo apta para los más jóvenes o los menos cultos?

Cada cual es libre de leer lo que le plazca y de sentirse atraído por un tipo de ficción u otro. Pero desprestigiar a la ligera ciertos géneros como escapistas o superficiales dice, a mi entender, más sobre el crítico que sobre el texto comentado.

Mundo fantástico: a diferencia de lo que se cree, es muy parecido al cotidiano. El único elemento que los diferencia, es un hecho que rompe con la normalidad y siembra la duda en los personajes y el lector. Hay un quiebre de la normalidad que le es extraño al mismo mundo. Lo raro o lo extraño no es normal.

Relatos de Andariego
Por: Freddy Contreras Oré

La Fernanda y sus acompañantes me trajeron aquí como si ya hubieran preparado minuto a minuto los pormenores de mi destino final. Ubicaron la parte más altita de la orilla en el extremo opuesto del camino y me empujaron. Mis súplicas, mis gritos se perdieron en la imperturbable quietud de los cerros; sólo una ráfaga de viento que cruzó en esos instantes llegó a los oídos de mi Cayito. Mi mamita está gritando, le dijo a su padre; pero el José, dolido por mi ausencia de dos días, germinaba tormentas y agitadas sombras en el corazón; la ausencia del cariño le impedía entender los presentimientos de mi hijito adorado.

El agua inundó mi boca y mis pulmones. Toqué el barro rojo del fondo y me sentí torpe para seguir luchando. Me aplastaba el agua y la oscuridad por todas partes. La asfixia inicial iba convirtiéndose en una sensación de pesadez de la que yo quería librarme haciendo convulsionar mi cuerpo. De a poco a poco me fui quedando quieta. Entonces sentí que ya no estaba en mi cuerpo.

Como si fuera el agua misma estaba hinchándome y creciendo; envolviendo conmigo a las truchas, a las totoras y a las hierbitas de la laguna, de extremo a extremo. Me dio pena ver mi propio cuerpo, tranquilito al fondo, a no más de tres metros de la orilla, con la boca bien abierta y los ojos queriéndose salir, con las manos arañando el barro y la cabellera larga enredándose en el cuello. Mi rostro parecía el de una mujer enloquecida por la pérdida repentina de todas las señales de la esperanza.

Al amanecer me di cuenta que yo misma era la laguna. Había perdido la movilidad que tuve cuando estaba viva. Tampoco podía sentir el frío ni el calor, ni nada que antes podía percibir con los sentidos; pero mis pensamientos, mis emociones e intuiciones estaban más despiertos que nunca y fui acomodándome a esta nueva forma de seguir existiendo.

Mundo maravilloso: el mundo maravilloso se entiende como un lugar donde todo es posible, lo raro es normal. Es común encontrar criaturas como elfos, dragones, gnomos o brujas y hechiceros. Los personajes vuelan y tiene poderes sin que al lector le resulte enigmático.

Alicia en el país de las maravillas
Por: Lewis Carroll


Sobre la mesa del comedor encontró un apetitoso plato de guisado. En cuando lo probó, comenzó a crecer y crecer. Tanto creció, que su cabeza rompió el techo, asustando a un ave que anidaba en el tejado y que comenzó a gritar:
¡Auxilio! ¡Acabo de ver un monstruo!
- No soy un monstruo. Soy una niña -se defendió.
- ¡Mentira! -volvió a chillar el ave- No hay ninguna niña que tenga un cuello, brazos y piernas tan enormes.
¡Fuera de aquí, si no quieres que te picotee la nariz!
Luego la niña vio otro plato con exquisitas setas guisadas y pensó que quizá tuvieran la virtud de hacerla disminuir de estatura. Comió unas pocas y descubrió que, en efecto, se achicaba.
Entonces le fue posible atravesar una puertecilla y pasar a una coquetona salita de muebles diminutos. Pero, viéndose tan pequeña, eso no la consoló.
¿No iba a ser más lo que fue?
Encima de una de las mesas descubrió una apetitosa tortita y decidió comerla, para ver qué sucedía. Entonces, de nuevo empezó a crecer y crecer.
-Me estoy alargando otra vez como un telescopio -se dijo, sin saber ya qué iba a ser de ella.
Y tantas lágrimas derramó que la sala comenzó a inundarse. Hasta temió volverse loca.
De todas formas, como tenía que hacer algo para recobrar su verdadero tamaño, bebió de una botellita y al instante empezó a encoger. Pensó: -Me he convertido en un sube y baja. Tanto he disminuido que el resto de la tortita que conservo en la mano me parece una montaña. ¿Por qué se me ocurrió seguir al conejo?
¡Se había hecho del tamaño de una nuez!
De repente cayó y creyó que había caído al mar, pero no. ¡Se trataba de sus propias lágrimas! Para no ahogarse, saltó a la barquita de papel de la torta y, navegando siempre, fue a parar a un extraño lago poblado por una serie de seres pintorescos y también amenazadores. ¿Se estaban burlando de ella? 

Mirándola, se hacían gestos unos a otros, como si Alicia fuera un bicho raro. ¿Pero es que no se habían mirado a sí mismos? Había una coneja con una capota de lo más ridículo, una estrella de mar con cara de mico, un pulpo que se le antojó lleno de ranos y una especie de pato con un pico que parecía la bolsa del mercado. ¿De dónde habría salido?

martes, 2 de enero de 2018

YARA, leyenda de la Amazonía


En una antigua tribu guerrera de la selva vivía una valiente joven indígena; la mejor combatiente de la tribu y la más singular de los muchos descendientes del chamán.
Su fama había alcanzado tal renombre que despertó la envidia de sus hermanos varones; pues casi todos los elogios de sus proezas provenían del mismo padre quien estaba orgulloso de ella y, al mismo tiempo, ignoraba a los otros hijos.
Sus hermanos se sintieron desplazados y no pudieron soportar esta situación; así que, en concilio secreto, tomaron la decisión de deshacerse de ella eliminándola y haciéndola desaparecer.
Una noche, en que el silencio y el sueño aletargaban por completo a la tribu, sus hermanos ingresaron a su tambo dispuestos a matarla; pero fracasaron en el intento por haber ignorado el especial entrenamiento de la brava muchacha. Ella, con un agudo sentido del oído, los escuchó llegar. Se defendió de tal manera que no quedó ninguno vivo. Y, aunque fue en defensa propia, intuyó muy bien que esta situación no sería bien vista ni por su padre, el chamán, ni por la tribu en general; por eso tuvo que huir esa misma noche.
Unas horas después, se descubrió la sangrienta escena y notaron que la única ausente era la hija guerrera. Los más experimentados cazadores de la tribu comenzaron a rastrearla y en breve tiempo fue hallada. De nada sirvió la explicación que brindó pues su padre estaba demasiado dolido por el fratricidio cometido y, en una rápida decisión, mientras su corazón sufría, decidió que, como castigo, fuera arrojada al Río Negro, uno de los afluentes del río Amazonas.

Otras versiones sostienen que, mientras huía por lo más recóndito del monte, conversaba con las aves y los insectos. Podía comunicarse mediante chillidos característicos con los monos que le anticipaban de los movimientos de sus perseguidores. Tras largo caminar en sobresalto, agobiada por el calor y el cansancio, decidió tomar un reparador baño en una cocha de cristalinas aguas. Mientras jugueteaba con los pececillos y canturreaba relajada al frescor del remanso, fue sorprendida por unos exploradores foráneos, de piel blanca, rubios y barbados, quienes lograron capturarla. Entonces, como represalia ante su feroz resistencia, la humillaron, la golpearon y ultrajaron en un acto de cruel abuso. Al anochecer, arrojaron su cuerpo al río en estado de deplorable agonía.

Aparentemente ese fue su triste final; sin embargo, los designios de la naturaleza le habían preparado otro porvenir. Todo esto ocurrió en una noche de luna llena; en un momento muy especial donde los misterios de la madre tierra o madre selva dan lugar a extraños propósitos. En el instante mismo en que el último aliento de vida se le escapaba fue rodeada por infinidad de peces quienes acudieron en su ayuda, tal vez atraídos por su fuerte espíritu o voluntad, y la proclamaron como su soberana y representante. Mientras sus semejantes la despreciaban, la mamapacha y las aguas la reclamaban como suya, transformándola, elevándola a la superficie con nueva apariencia: una criatura de indescriptible belleza, de largo cabello negro y ojos oscuros que podían cambiar a voluntad.
Desde entonces nadie recuerda cual fue su nombre pues en todas las regiones es conocida como Yara, Iara o Uiara que significa la señora de las aguas y desde entonces, para siempre, su nueva existencia tiene escondidos afanes.
La describen como un ser dotado de una extraordinaria belleza, con la piel ligeramente verdosa y nacarada que puede mimetizarse de acuerdo con los matices de la jungla; también, así como los peces tienen distintos colores, sus cabellos y ojos también pueden variar, ya que algunos lo ven de negra cabellera y otros de color rubio sedoso, con ojos que van desde el penetrante negro azabache hasta el azul cielo.
Ahora ella es la guardiana de las aguas de la amazonia. Hay de aquel que se encuentre con ella directamente o que escuche una canción melodiosa de su seductora voz. Lo mejor que se puede hacer cuando su presencia extraña es percibida es volver por donde se vino y escapar a toda velocidad; así se puede tener mejor oportunidad que ante el sino fatal que un encuentro con ella le puede deparar.

Si la Yara toma cuenta de la cercanía de un hombre, y tiene especial interés en él, puede adoptar la apariencia de una criatura de la selva como anaconda, jaguar o pantera negra. Si ella ve directamente a la persona y las miradas se cruzan el hombre cae en un remolino de emociones intensas que se incrementa al escuchar el canto de la Yara. El hombre tratará de acercarse a ella, no importa cómo, y ella lo atraerá con movimientos sensuales. Este efecto aumenta si el encuentro tiene iugar en noches de luna llena.

En algunas regiones se cuenta que la Yara lleva al fondo del río al hombre enamorado, ahogándolo para devorarlo; en otras regiones se cuenta que, si la Yara está buscando aparearse, se llevará al hombre a un lugar propicio disfrutando del encuentro y dejándolo abandonado para que pueda despertar cerca de un poblado. Sin embargo, el hombre quedará siempre marcado por la delirante pasión que siente por la Yara; si vuelve a buscarla, no tendrá una segunda oportunidad, desaparecerá para siempre en los dominios de la insaciable ama de las aguas.