martes, 12 de noviembre de 2013

Los narradores de Pedro Páramo

  
El presente trabajo tiene por objeto caracterizar a los narradores de Pedro Páramo.
La acción de la novela se inicia con el motivo de la búsqueda, hecho mito en la narrativa mexicana: el hijo natural que parte a encontrarse con su padre.
"Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en un plano de prometerlo todo".
Juan Preciado
El relato personal del narrador personaje, Juan Preciado, le confiere a la narración esa sorprendente objetividad que ella presenta; objetividad lograda, esencialmente, a través de dos técnicas narrativas: el monólogo interior directo y el diálogo. Al igual que todos los personajes de Rulfo, la figura de este narrador aparece desposeída de toda descripción física que permita al lector identificarlo en determinado momento de la narración. El grado de conocimiento que ostenta este narrador en relación al mundo narrado queda reducido a los recuerdos de su madre reproducidos en su conciencia. Recuerdos que se identifican, por un lado, con el carácter edénico de Comala:
 "Hay allí, pasando el puerto de Los Colimotes, la vista muy hermosa de una llanura verde, algo amarilla por el maíz maduro. Desde ese lugar se ve Comala, blanqueando la tierra, iluminándola durante la noche·".
 Y más adelante:
 "… Llanuras verdes. Ver subir y bajar el horizonte con el viento que mueve las espigas, el rizar de la tarde con la lluvia de triples rizos. El color de la tierra, el olor de la alfalfa y del pan. Un pueblo que huele a miel recién derramada…"
 Es el pasado que emerge en su condición paradisíaca en la conciencia de este narrador a través de los recuerdos de Dolores, su madre. Es la Comala de "ayer". Pero, frente al pueblo vívido en la frágil consistencia de un recuerdo, el narrador nos presenta su experiencia real y concreta; su contacto directo con la realidad de Comala. Es el "hoy":
"Ahora estaba aquí, en este pueblo sin ruidos. Oía caer mis pisadas sobre las piedras redondas con que estaban empedradas las calles. Mis pisadas huecas, repitiendo su sonido en el eco de las paredes teñidas por el sol del atardecer".
Es el "presente" hecho de ecos. Un pueblo situado "sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno".
Por otra parte, los recuerdos de Dolores se vinculan con la figura de Pedro Páramo, elemento más etéreo aún para la conciencia de este narrador que la propia imagen de Comala. De su padre solo conoce su nombre, el lugar donde encontrarlo y ese constante "el olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro". Pero el narrador, compartiendo absolutamente nuestra perspectiva, conoce la historia misma del cacique de Comala al mismo tiempo que nosotros. Y no podría ser de otra manera; él, Juan Preciado-narrador, está rehaciendo junto con nosotros la historia de su padre y su cacicazgo; intenta, como nosotros, aprehender la historia, tener una conciencia reflexiva sobre ella pero, al igual que nosotros, no la tiene. Carece de una conciencia reflexiva porque está "metido" en la acción; su papel detectivesco –que es el mismo nuestro- va a concluir solo cuando los hilos de la fábula, esparcidos desordenadamente por los distintos rincones del mundo de la novela, puedan ser comprendidos y percibidos en su propia coherencia interna.
Al comenzar la narración, el narrador nos sumerge de inmediato en la misteriosidad del mundo al abrir el relato con la "variante del mito mexicano del hijo ilegitimo". La posición del narrador frente al motivo de la búsqueda nos enfrenta derechamente con el problema del tiempo en la novela. Da la impresión, que al comenzar su relato, el narrador parte de una realidad temporal. Sin embargo, el tiempo de Pedro Páramo es un tiempo mítico, alejado para siempre del fluir temporal: es el tiempo que estuvo, está y estará. Es, para decirlo de una vez, el tiempo que ES.
El narrador básico
La narración de este hablante básico se entrecruza en algunos momentos con el relato personal de Juan Preciado. Narra alternadamente usando las formas perfectivas e imperfectivas, y su participación en la historia en este primer momento, hasta la muerte del narrador Juan Preciado, se vincula, principalmente, con la mostración de algunos pasajes, recuerdos de infancia, de Pedro Páramo:
"El agua que goteaba de las tejas hacía un agujero en la arena del patio. Sonaba: plas plas y luego otra vez plas, en mitad de una hoja de laureles que daba vueltas y rebotes metida en la hendidura de los ladrillos. Ya se había ido la tormenta.
‘Pensaba en ti, Susana. En las lomas verdes. Cuando volábamos papalotes en la época del aire. Oíamos allá abajo el rumor viviente del pueblo mientras estábamos encima de él, arriba de la loma, en tanto se nos iba el hilo de cáñamo arrastrado por el viento. ‘Ayúdame, Susana’. Y unas manos suaves se apretaban a nuestras manos. Suelta más el hilo".
 Los recuerdos infantiles de Pedro Páramo estarán siempre unidos a la imagen de Susana, el amor inalcanzado del cacique, que vive atormentada en la sima de su locura. De este modo el narrador básico, que estructura la narración adoptando el punto de vista de la omnisciencia, nos va configurando el mundo narrativo con la entrega de hechos que completan la visión de mundo del primer narrador estudiado:
“Pedro Páramo volvió a encerrarse en su despacho. Se sentía viejo y abrumado. No le preocupaba Fulgor, que al fin y al cabo ya estaba ‘más para la otra que para esta’. Había dado de sí todo lo que tenía que dar; aunque fue muy servicial, lo que sea de cada quien. De todos modos los ‘tilcuatazos’ que se van a llevar esos locos, pensó”.
Esta forma de narrar, en tercera persona, nos coloca al narrador en la misma postura adoptada por el narrador de la novela tradicional. En este sentido el narrador está presente "situado al flanco de su obra, como el conferenciante cuya disertación acompaña a las diapositivas o a la película documental"; pero se aleja de la postura tradicional en la medida que entrega su relato sin agregar ningún tipo de comentario. El papel del narrador se reduce al de ser un intermediario cuya participación deja ver el mundo, porque ella es transparente: en relación a la experiencia de cada personaje, el narrador la deja manifestarse libremente, sin mediatizar para nada (personalmente) en la narración.
Al igual que el narrador Juan Preciado, este narrador utiliza dos métodos narrativos de presentación: el diálogo y el monólogo. De este modo, la narración aparece mucho más "mostrando" que "diciendo" puesto que, los personajes aparecen actuando directamente frente a nosotros:
 "… Sí, muchas veces dije: ‘El hijo de Dolores debió haber sido mi hijo’. Después te diré por qué".
 El diálogo anotado nos remite a la conversación sostenida por Eduviges Dyada con Juan Preciado; sería mejor decir a una parte de esa conversación, puesto que ella es interrumpida por los recuerdos de Pedro Páramo-niño, para ser continuada varias páginas más adelante:
 "-Pues sí, yo estuve a punto de ser tu madre. ¿Nunca te platicó ella nada de esto?”
Por medio del monólogo y empleando la misma técnica cinematográfica, el narrador, cuya presencia a veces es difícil de captar, nos va entregando el fluir de la conciencia del personaje:
"El día que te fuiste entendí que no te volvería a ver. Ibas teñida de rojo por el sol de la tarde, por el crepúsculo ensangrentado del cielo".
El fragmento del monólogo nos presenta el recuerdo incesante de Susana en la conciencia de Pedro Páramo. Como en el ejemplo anterior, el monólogo se desarrolla con constantes y repentinas interrupciones desde el momento en que él se inicia, varias páginas atrás.
Otros narradores
Los dos últimos narradores que reconocemos en la novela terminarán por reconstruir la historia de Pedro Páramo. Estos narradores son Dorotea y Susana San Juan; ambos habitan las tumbas-narradoras contiguas a la de Juan Preciado. La participación de Dorotea como figura-narrador se limita a tres momentos claramente definidos: 1) su vida incestuosa que la condena definitivamente a perder el cielo, encontrándose su alma en un constante vagar por la tierra "buscando vivos que recen por ella"; 2) sus sueños: el "maldito" y el "bendito"; 3) historia que relata parte de la vida de Susana San Juan, su carácter de última esposa de Pedro Páramo y el gran amor que este le profesa; al mismo tiempo relata la desilusión sufrida por él hasta el extremo de desalojar sus tierras y quemar los enseres, comenzando así la ruina del pueblo.
La narración de Susana San Juan se nos aparece como un puente que une el relato de Juan Preciado con la narración del hablante básico. Su relato, todo directo, a través de diálogos y monólogos, comienza por mostrarnos su pasado infantil y la muerte de su madre, la soledad y abandono en que quedaron ella y Justina, el macabro episodio de su encuentro con la calavera, obligada por un padre obsesionado por el dinero, y su propia vida de locura al lado de Pedro Páramo, recordando a su esposo muerto, a Florencio.


El estilo de Pedro Páramo

Reconocemos en la novela dos estilos diferentes que se traducen en igual cantidad de lenguajes también diversos.
Estilo poético
En estilo que se caracteriza por ser altamente connotativo, y que utiliza un lenguaje eminentemente metafórico donde las imágenes de la luz y el color; el gusto y el sonido, le confieren al relato la poeticidad que él posee y que se proyecta hasta nuestra propia sensibilidad, traspasándola, para situarla en la profundidad de nuestro espíritu. En tres de los narradores estudiados reconocemos este rasgo poético del estilo: Juan Preciado, el narrador básico y Susana San Juan. Ejemplificaremos el estilo de estos narradores en el mismo orden en que ellos aparecen mencionados:
 "… No sentir otro sabor sino el del azahar de los naranjos en la tibieza del tiempo".
 "El día que te fuiste entendí que no te volvería a ver. Ibas teñida de rojo por el sol de la tarde, por el crepúsculo ensangrentado del cielo".
 "…Era temprano. El mar corría y bajaba en olas. Se desprendía de su espuma y se iba, limpio, con su agua verde, en ondas calladas.
“El mar moja mis tobillos y se va; moja mis rodillas, mis muslos; rodea mi cintura con su brazo suave, da vueltas sobre mis senos; se abraza de mi cuello; aprieta mis hombros. Entonces me hundo en él, entera. Me entrego a él en su fuerte batir, en su suave poseer, sin dejar pedazo".

Los tres narradores presentan una constante en la elaboración de este tipo de lenguaje: la evocación. Efectivamente, son los recuerdos de otros seres vinculados directamente con el "sentir" de cada uno de estos narradores, los que en definitiva motivan la sensibilidad del relato que trasciende la palabra misma para alcanzar, a través de lúcidas y policromáticas imágenes, el cristalino virtuosismo del lenguaje poético. En Juan Preciado son los recuerdos de su madre que emergen edénicamente en su conciencia; en el narrador básico, la imagen de Susana en la conciencia de Pedro Páramo; en Susana San Juan, los recuerdos de Florencio, su primer esposo, son los que construyen la sensualidad de su narración.
Estilo directo
Otro estilo, al que convencionalmente llamaremos "directo", en donde el lenguaje no presenta mayores ostentaciones de empinarse más allá de la palabra hablada, simple y coloquial. Este lenguaje, que refleja la conciencia mítico-popular del pueblo mexicano, estructurará los relatos de los cuatro narradores por medio de los llamados "géneros del decir hablado", como la "charla", la "conversación" y otros reconocidos por Eleazar Huerta. Claro está, como vimos anteriormente, que los narradores-poetas solo usarán este estilo, cuando sus relatos se mantengan siempre alejados de los "seres-estímulos". Cuando ello ocurre, la cotidianidad del lenguaje se apodera, entonces, del relato que, generalmente por medio del diálogo, en primera instancia, y del monólogo después, estructura una narración simple y directa: habitual. Ejemplificaremos este estilo de los narradores en el mismo orden en que ellos han sido estudiados:
 "Volvió a darme las buenas noches. Y aunque no había niños jugando, ni palomas, ni tejados azules, sentí que el pueblo vivía".
 "-No puedo, don Pedro, tengo que estar temprano en la iglesia porque me espera un montón de mujeres junto al confesionario. Otra vez será".
 "Y todo por las ideas de don Pedro, por sus pleitos de alma. Nada más porque se le murió su mujer, la tal Susanita. Ya te has de imaginar si la quería".
 "Estoy acostada en la misma cama donde murió mi madre hace ya muchos años; sobre el mismo colchón; bajo la misma cobija de lana negra con la cual nos envolvíamos las dos para dormir".
En los trozos citados de Juan Preciado, el narrador básico, Dorotea y Susana San Juan respectivamente, se advierten los rasgos de estilo que antes mencionábamos. Ellos sobresalen más nítidamente si los comparamos con las cualidades poéticas desarrolladas por los narradores-vates.
Dos estilos: poético uno, directo el otro; dos lenguajes: metafórico el primero, coloquial el segundo, para un cosmos cuya comprensión y aprehensión solo pueden surgir a partir de la coherencia interna de sus partes, donde el estilo y el lenguaje de los narradores juegan un papel preponderante.

Podemos concluir diciendo que los narradores estudiados no se esfuerzan en lo mínimo por representar un mundo coherente; que la imagen caótica y desintegrada del mundo narrado obliga, por lo tanto al lector, a establecer, como el narrador de la novela moderna, sólidos supuestos básicos en el mundo de la novela, para que este pueda ser totalmente comprendido y aprehendido. Es en este sentido que se ha hablado aquí de lector-investigador.

lunes, 21 de octubre de 2013

La paloma altanera y la abejita curiosa



Una blanca paloma y una abejita zumbadora eran muy buenas amigas e hicieron la promesa de estar siempre juntas como dos inseparables hermanas. Todas las tardes acostumbraban a salir de paseo para disfrutar de su leal amistad.

Un día de negros nubarrones tuvieron las amigas una torpe discusión. Iban volando juntas cuando la pequeña nectarina le preguntó a la paloma – ¿por qué no puedes zumbar? La aludida, como nunca había ocurrido antes, sintió que le estaban echando en cara un defecto y le retrucó – ¿por  qué eres tan picuda, insignificante y fea? Una larga mirada de sorpresa acompañó el repentino adiós. La paloma altanera hizo una mueca y se fue dejando sola y apenada a su compañera. Las lágrimas de la tarde comenzaban a derramarse como ruidosas cataratas.

El diluvio sorprendió a la pobre abejita tratando de cruzar el lago. Los truenos hacían temblar la tierra. Relumbraban los relámpagos rabiosos y enceguecían los ojos de la mielera abandonada. No pudo más y cayó al agua, quien, la samaqueó alborotada por la intensidad de la lluvia, hasta dejarla muerta.


La paloma, que alcanzó a guarecerse bajo la sombra de un eucalipto, esperó a que calmara la tormenta para volver arrepentida con su amiga de toda la vida. No la encontró para disculparse. Ahora ella piensa en todo momento que estarían juntas todavía si hubiera  sabido desoír el mal consejo de la ira. 

viernes, 4 de octubre de 2013

En el valle


El abuelo de mi padre llegó al valle muchos años antes de que emigraran de nuestras arboledas soledosas las criaturas del espanto y quince años después que, las montoneras de Andamarca, Comas, Quichuay, Apata y Concepción arrasaran a un contingente de soldados chilenos en cruento combate, durante la incursión enemiga en la sierra central. Vino para compartir testimonio de un siglo que iba agonizando y de otro que nacía trayendo grandes cambios, incluyendo los nombres antiguos de estas tierras. Fue un viaje empecinado y a contravención con los llamamientos de la sangre y la tierra de sus ancestros. Sólo los apresuramientos de un corazón herido por el desprecio de un padre acomodado que le negó su nombre y su cariño fueron capaces de arrancarlo para siempre de su lejana Cajabamba para traerlo al abrazo de nuestro límpido cielo y al goce de la dicha refrescante de nuestras aguas.

Lo extraordinario del bisabuelo es que llegó apenas con su enorme cargamento de amor y sin dinero para iniciar los trámites de su propio destino. A fuerza de fe fundó una nueva familia y a fuerza de brazos comenzó a pircar los cimientos de su vida en el valle. Trabajó a diario desde el primer anunció del alba hasta la muerte del último rayo del sol y la tierra le fue fructífera; las lluvias, benignas; las cosechas, abundantes; y la fortuna, prometedora.

Los bisabuelos, a inicios del siglo, se dieron tiempo para explorar todas las vertientes de su amor sin reticencias ni falsos temores; fueron felices pero no les cayó a bien el arte de engendrar hijos. En una época en que las buenas familias campesinas sobrepasaban la decena de descendientes, mis bisabuelos apenas tuvieron dos: el abuelo Ramón, y la tía abuela Victoria.

Al bisabuelo le faltó tiempo para ver a sus hijos realizados: le vino la muerte por correr en los campos, recién comido, tras un toro descontrolado, justo el año en que llegó el tren para cambiarnos la vida, los hábitos y las historias que para entonces eran reales y ahora sólo delirio de viejos.

- ¿Por qué crees que el autor ha escogido el título "En el valle" para hablar de su bisabuelo? ¿A qué se refiere cuando menciona a las criaturas del espanto y a las historias reales que ahora son delirios de viejos?


HOSTIA

Te amo bañado de retamas
Flor de verano
Luz de ardor
Y lleno del amasijo húmedo
Moreno
Fulgurante pan de tus ojos
Voraz de ti
De tu piel de espiga madura

Soy la tierra que se levanta
Besándote
Vahada implorándote
Y buscando las alegrías
Del trino
La hierba y los guindales
En la lluvia que de tu risa
Desborda claridad entera.

Estro del fuego
Soy un árbol de arcilla
Esperando tus manos
Y de mis gemas anhelantes
Sólo rescatarás la vida
Si mi corazón tomas de hostia
O hallo tu amor mi savia miel.

- ¿A quién se dirige el poeta? ¿Qué simboliza el rescate de la vida, la hostia y la savia en este poema?

lunes, 23 de septiembre de 2013

Dignidad, humor, sexo en El héroe discreto


Domingo, 22 de septiembre de 2013 (Publicado en La República)

El regreso. Con su reciente novela, Mario Vargas Llosa no solo retorna a escenarios peruanos, sino también pone en evidencia a quienes, desde la acción anónima, preservan los valores en un país como el nuestro, asediado por la corrupción.

Carlos Villanes Cairo.
Madrid.

El Perú ya no está tan jodido como hace 44 años cuando Vargas Llosa formuló en su novela, Conversación en La Catedral, la famosa pregunta de en qué momento nuestro país había llegado a tal extremo. Ahora se está arreglando, pero todavía late un gran cáncer: la corrupción en todos los niveles.

Por estos días: Cipriani trata de enmendar la plana al papa Francisco; Alan García, Toledo y el reo Fujimori, como los nuevos grandes ricos del Perú; 2 mil policías destituidos tratan de volver al Cuerpo;  repartijas de magistrados y otorongos ociosos,  cleptómanos y analfabetos funcionales. Y un larguísimo etcétera…

Pero atravesamos un momento dulce en la economía, y el Perú crece entre tanto gárrulo suelto. También gracias a personas que desde el anonimato se dejan la piel en esa reserva moral y mantienen su decencia, su velada heroicidad, su sentimiento de bien y de dignidad.

La decimoquinta novela de nuestro Premio Nobel Mario Vargas Llosa centra sus acciones en varios hombres sensatos que luchan por defender su patrimonio construido en décadas con mucho sudor. Y carga la pluma, posiblemente, en el más escuchumizado, pero esforzado, humilde y valiente.

El héroe discreto (Alfaguara, Madrid, 2013, 383 pp.) es Felícito Yanaqué, casado y con 2 hijos, “qué enclenque era, su pecho y su espalda casi se tocaban, y qué renacuajo, a Lituma le pareció casi un enano” (p. 178), empero, muy rico y dueño de una gran empresa de transportes. Casi en la vejez, conoce el verdadero amor carnal en brazos de su amante Mabel, a la que pone “su casita” y la colma de regalos, aunque vive con el miedo de ser 30 años mayor.

Felícito, hijo de cargador y basurero, recibe como única herencia del padre la frase: “Nunca te dejes pisotear por nadie”. Piura ha cambiado mucho y alberga a grupos organizados de maleantes. Unos mafiosos, identificados con una arañita en los anónimos que le mandan, le piden  un cupo de 500 dólares y el empresario dice, públicamente, que prefiere morir a caer en el chantaje. Eso lo convierte en un héroe local, porque casi todos pagan “cupos de protección”. Y aun cuando le raptan a la querida, no ceja, pero un erótico detalle pone a la policía en la pista de los maleantes. Que consigue atraparlos y descubrir al sorprendente cabecilla.

Paralelamente, el autor retorna a Lima para meternos en la piel de tres personajes ya conocidos: don Rigoberto, Lucrecia, su mujer, y el travieso Fonchito, que ahora simula alucinaciones para tenerlos jorobados. El padre decide jubilarse. Don  Ismael, su jefe y dueño de una gran empresa, con 80 años sobre las espaldas, le pide que sea padrino de su boda con su ama de llaves, también varias décadas más joven que él,  para castigar a sus dos hijos porque llevan mala vida y les oye decir que únicamente esperan su muerte para hacerse de la riqueza. Se consuma el matrimonio y “las hienas” inician una serie de amenazas y juicios, mientras don Ismael  vive su luna de miel en Europa. Al volver, de pura emoción, fallece y se arma la trifulca. Con un final, en sendas historias, más bien rosa que rojo de crimen o venganzas.


Vargas Llosa en su adictiva y divertida novela vuelve a los barrios piuranos, a la familia de don Rigoberto, al sargento Lituma, triste y apático como siempre, e incluso a los Inconquistables, pero también al tono melodramático y folletinesco de las telenovelas que escribía Pedro Camacho en La tía Julia y el escribidor, y deja correr sus referencias al disfrute erótico, con escenas de gran humor, y su desenfadado lenguaje de treintañero, asido a la esperanza de que solo la buena gente, la decente, y que desde el anonimato actúa con dignidad, sea cual fuese su rango social, evitará que el Perú siga vejado.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Cómo se escribe



Cómo se escribe, de María Teresa Serafini es una obra que se muestra como un excelente ejercicio didáctico de recopilación, clasificación, análisis y puesta en práctica de los principales mecanismos de elaboración de cualquier producción escrita en sus más diferentes realizaciones y necesidades.

Desde el punto de vista estructural, Cómo se escribe se enhebra en tres grandes bloques: la preescritura, la escritura y la postescritura.

En la primera de ellas, la preescritura, la autora nos muestra los diferentes mecanismos metodológicos que contribuyen a combatir el horror vacui del folio en blanco o la carencia o exceso de ideas que resultan inconexas en nuestra mente. Para ello, sistematiza la producción escrita desde dos ejes, el del formato externo (en referencia al título, la extensión, la presentación, el tiempo a dedicar, el tono, el destinatario…) y el de las ideas propias. Este último apartado es el que resulta más prolífico, puesto que podemos obtener ideas iniciales a partir del uso de mecanismos como la elaboración de listas de ideas, el racimo asociativo y el flujo de la escritura, donde la necesidad imperiosa no radica en la exclusivamente lingüística, sino en la cuantitativa en ideas. Sobre las anteriores lograremos la generación de ideas relacionadas mediante una serie de parámetros que nos ayuden a obtener el elenco de ideas derivativas de nuestras primeras ideas. Es a partir de este momento en el que se poseen un buen grueso de ideas cuando podemos comenzar el tercer estadio de la disposición ideológica, el de la clasificación y estructuración organizativa de éstas.

Desde el punto de vista textual, Serafini comienza su análisis del texto a partir del párrafo como cuerpo principal de todo hecho escrito. Así, en una primera constitución de la tipología textual del párrafo, la autora nos presenta los diferentes mecanismos que nos van a permitir comenzar un párrafo entendido este como manifestación enhebrada y organizada de todas las ideas y esquemas que hemos elaborado en la fase de preescritura. De igual forma, a la hora de finalizar nuestro párrafo, también podemos recurrir a los mismos mecanismos que nos han permitido iniciar el párrafo como ente constitutivo del texto. Para ello, tanto para el inicio como para la conclusión del mismo, Serafín nos propone la síntesis, la anécdota, las breves afirmaciones, las citas, las preguntas o interrogantes y la analogía como mecanismos base a partir de los cuales podamos iniciar o concluir el párrafo.

A la hora del análisis de la coherencia fraseológica, los mecanismos de economía lingüística apuntan hacia usos del que favorece el uso de:
- Proposiciones subordinadas explícitas mediante conjunciones causales (porque), conjunciones concesivas (aunque) o locuciones conjuntivas causales (en la medida que).
- Simplificaciones de las proposiciones relativas.
- Proposiciones subordinadas implícitas a través de dos mecanismos: el uso del participio pasado y del gerundio.
- Uso de sustantivaciones verbales y adjetivales.
- Mecanismos complementarios como la utilización de complementos y la coordinación de elementos.

Tras el estudio fraseológico, la autora italiana nos adentra en el repaso de diversos factores lingüísticos, ortográficos y léxicos de este proceso, aplicándolo tanto al párrafo en general como a la palabra en particular. En este gran repaso, Serafini resuelve -gracias a un minucioso repaso- los aspectos susceptibles de entrar a la duda lingüística. Asimismo, es muy útil la visión del apartado dedicado a la acentuación, que parte desde las normas básicas hasta la acentuación diacrítica y sus usos habituales como diferenciador significativo. Otros aspectos que se analizan en este apartado lingüístico son los usos incorrectos del gerundio, como también los efectos del dequeísmo y el queísmo. Por lo que respecta a la puntuación, el análisis general sobre los estilos puntuales se concreta en una visión clara de la utilización del punto, la coma, el punto y coma, los dos puntos y todo el conjunto de signos (puntuación, interrogación, etc.) que conforman las marcas de tonalidad y velocidad del texto.

Un último punto de este proceso de escritura es el que se dedica a la selección de aquellos términos y palabras adecuados a cada tipo y momento de escritura. Así, la relación de la producción escrita en relación al uso del diccionario no pasa inadvertida para nuestra autora, puesto que nos ofrece una serie de mecanismos para mejorar nuestro escrito, como también para mejorar nuestro propio léxico. Estos objetivos pasa, por ejemplo, por una abundancia -controlada- de palabras en nuestro propio vocabulario, de forma que se intentará no incurrir en un excesivo uso de anacronismos (del tipo de frases hechas y aforismos caídos en desuso), así como en el número de repeticiones de nuestras palabras gracias a la utilización de paráfrasis, sinónimos y circunloquios.

Para finalizar, el último estadio correspondería al proceso de revisión y corrección después del hecho escritor. En él, se ha de prestar especial atención al control de los elementos plasmados sobre el papel. Serafini apunta al orden de los elementos y al del control de la coordinación de verbos de régimen distinto así como los elementos correlativos desde un punto de vista lógico. Esta revisión a posteriori se inserta dentro del proceso selectivo donde además se procede a la eliminación de términos superfluos como los pronombres relativos, dobles negaciones como también las expresiones burocráticas. Un último apartado es el destinado a los convencionalismos establecidos a la hora de las notas a pie de página, citaciones, bibliografía y presentación formal del texto.