sábado, 20 de noviembre de 2010

La huaconada miteña



Por: Freddy A. Contreras Oré

La danza de la huaconada ha sido incluida en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en la UNESCO considerándolo como “una danza ritual que se representa en el pueblo de Mito, perteneciente a la provincia de Concepción, situada en la cordillera andina central del Perú. Los huacones representan el antiguo consejo de ancianos y se convierten en la máxima autoridad del pueblo mientras dura la huaconada. Ponen de relieve esta función tanto sus látigos, llamados ‘tronadores’, como sus máscaras de narices prominentes que evocan el pico del cóndor, criatura que representa el espíritu de las montañas sagradas”.

La huaconada de Mito es una danza ancestral de origen precolombino que perdura hasta la actualidad donde el Huacón ritual desempeña un rol moral y de control social muy importante para los habitantes de la localidad aunque, a lo largo de su historia, nuestro personaje ha experimentado transformaciones que son materia de una investigación etnohistórica aún pendiente de ser culminada.

Con el goce compartido por tan importante logro de nuestros vecinos y hermanos miteños, ahora que su danza representativa está considerado en el pináculo de la cultura por sus sobresalientes méritos artísticos, sociales, étnicos e históricos, debemos asumir la responsabilidad de cultivarla con fervor y conocimiento, sin permitir que la síntesis de tradición y modernidad por la que todo fenómeno socio-cultural atraviesa termine por hacerle perder su autenticidad para convertirla en objeto comercial.

La proliferación de la huaconada en algunas localidades fuera de Mito, ha sido motivo de cuestionamiento por parte de quienes se consideran sus herederos naturales; razón no les falta, porque las imitaciones sin sustento histórico son burdas, pero tampoco se libran quienes se arrogan ser depositarios de un legado que luego les resulta muy pesado para cargarlo sin trastabilleos.

La nueva jerarquía obtenida por la huaconada nos obliga a actualizar nuestros saberes sobre la danza e investigar aquello que aún queda en el tintero:

Sabemos que, aproximadamente hasta los años setentas, antes de danzar la huaconada, los huacones descendían de una quebrada llamada Ayan Grande y se cambiaban en unas cavernas durante la noche. Salir de las cavernas es un simbolismo que les daba a los huacones un cierto origen divino, eran Apus cuya autoridad provenía de la Madre Tierra. Sus máscaras eran, anteriormente, transmitidas de una generación a otra. Ahora estos ritos han pasando al olvido.

La historia oral miteña recuerda que los huacones eran unos ancianos que formaban parte de un consejo de sabios que se encargaban de velar por la moral, higiene y el orden social de la comunidad. Tenían la potestad de entrar a las casas para limpiar las cocinas sucias y castigar a las personas que hubieran cometido adulterio, incesto o algún acto socialmente sancionable. Aunque se les sigue llamando “Alcaldes” su autoridad actual ha sido mermada al solo contexto de la comparsa.

Antes danzaban los huacones tradicionales o antiguos. Actualmente, son una minoría y bailan junto con huacones modernos, Los huacones modernos bailan con sus espaldas erguidas y dan pequeños saltos. Doblan sus brazos ligeramente para apoyar en la cintura sus manos cubiertas por unas mangas multicolores, mientras sujetan el látigo. Usan un delantal de distintos colores y una frazada con la figura de un tigre. Cuando bailan muestran el pecho y doblan sus rodillas con cada paso que dan. Su postura denota la elegancia y la vitalidad propia de una autoridad.

A diferencia de los huacones modernos, los “tradicionales” danzan con la espalda gacha. Su traje es de color crema y está hecho con lana de carnero. Al igual que los danzantes modernos, llevan un sombrero llamado macora, del cual se desprenden largas cintas de colores. Sus acompasados pasos coinciden con cada uno de los toques de la tinya pero no levantan las rodillas ni saltan. Por el contrario, arrastran los pies y llevan sus brazos en la espalda.

Durante los tres días de la presentación de la huaconada en Mito se practican ritos, ceremoniales y protocolos que convierten a la danza en un acontecimiento peculiar que se vincula estrechamente con los valores e identidad de esa apacible localidad.

Felicitaciones al distrito de Mito y a toda la provincia de Concepción que danza con los compases de la tinya de los huacones.

sábado, 7 de agosto de 2010

Piedra Parada, origen del topónimo


Por: Freddy A. Contreras Oré

A finales del año 2006 se inauguró en el cerro Piedra Parada una estatua gigantesca de María, la madre de Jesús, aquel profeta judío cuyo predicamento y sacrificio fueron el sustento teológico de la iglesia católica y las numerosas ramificaciones del cristianismo. Aunque desde siempre los habitantes de Concepción hemos tratado de hurgar, curiosidad mediante, en el origen de aquel topónimo, terminamos por asumir como valedera la leyenda que doña Nísida Villasante Torres popularizó en su libro Tradiciones, cuentos y leyendas de Concepción; donde relata que vivió en días lejanos por los alrededores del cerro un tal Benjamín Parado quien misteriosamente desapareció y casi al mismo tiempo se pudo vislumbrar allí la presencia de una piedra de forma humana y con rasgos semejantes a los del señor Parado; de allí se le conoció como Piedra Parado y con el paso del tiempo la frase derivó en Piedra Parada. Me propongo iniciar un camino distinto en el afán de hallar la ansiada explicación.

Durante el periodo prehispánico de nuestra historia los topónimos nativos siempre hacían mención a alguna cualidad o característica del espacio geográfico. Dicho en otras palabras, los nombres de los lugares tenían base en algo singular que el sitio en mención presentaba: llamaban Paccha a un lugar que tenía una caída de agua; Urin, si el lugar se ubicaba en una parte baja; Koto, donde hay piedras amontonadas, etc. Mediante el llamado proceso de metátesis, con el paso de los años y la influencia de otras lenguas, los fonemas se van trastocando y dan pie a otras voces en las que, a veces, ya no es fácil notar su origen ancestral: Andamarca, Andamayo, Andahuasi provienen del adjetivo anta por el color rojo cobrizo de la tierra en aquellos lugares. Hoy día los pobladores de los localidades mencionados creen que la voz anda proviene del verbo andar, caminar.

Son los conquistadores hispánicos quienes establecen el hábito de bautizar a los pueblos y parajes con nombres de origen religioso y de modo arbitrario sin que el nombre guarde alguna relación con las características del paisaje. Sin embargo, hasta la actualidad, los usos del pueblo, persisten en arrogarse el derecho a nominar ciertos lugares por sus rasgos visibles, tal es el caso de Casa Partida, La Alameda, Puente Negro, Palo Seco.

El cerro que motiva este artículo fue bautizado por los españoles como “San Cristóbal”; pero se deduce fácilmente que no fue el nombre con que el pueblo conocía a dicho paraje; es así que cuando ocurrieron en nuestra localidad las acciones armadas del 9 y 10 de julio de 1882 contra las huestes araucanas, ningún jefe peruano o chileno menciona el cerro con nombre propio; pese a que los datos históricos establecen que por la falda de aquél y la quebrada de Matinchara se movilizaron gran número de combatientes.

Un documento que confirma esta aseveración es una hijuela fechada en 1904, que tuve oportunidad de leer de entre un envoltorio de papeles amarillentos de una venerable abuela que tenía bienes por la falda de nuestro cerro, donde se menciona el paraje “Parapa” que en versión un tanto más antigua y fidedigna de la lengua Wanka debe haber sido “Palapa” que significa desnivel, barranco, hendidura de la tierra y esta característica geológica es propia del lado sureste del cerro por donde se configura la quebrada que desemboca en Matinchara, otro topónimo Wanka que significa “lugar húmedo donde hay un cuenco” y que es una descripción exacta del sitio conocido ahora como Batea de la Virgen.

Piedra Parada es el topónimo con que conocemos hoy al cerro y Parapa era el paraje al sureste; pero es sabido por todos los antiguos pobladores de Concepción que para escalar hacia la cima del cerro había que trashumar por los bordes del paraje Parapa y el camino de aquel entonces estaba forjado en roca viva, en piedra. En algún momento habrían de unirse las voces piedra y parapa y por metátesis originar el nombre de Piedra Parada.

lunes, 1 de marzo de 2010

Memorias


Por: Freddy A. Contreras Oré

El abuelo de mi padre llegó al valle muchos años antes de que emigraran de nuestras arboledas soledosas las criaturas del espanto y quince años después que, las montoneras de Andamarca, Comas, Quichuay, Apata y Concepción arrasaran con un contingente de soldados chilenos en cruento combate durante la incursión enemiga a la sierra central. Vino para compartir testimonio de un siglo que iba agonizando y de otro que nacía trayendo grandes cambios, incluyendo los nombres antiguos de estas tierras. Fue un viaje empecinado y a contravención con los llamamientos de la sangre y la tierra de sus ancestros. Sólo los apresuramientos de un corazón herido por el desprecio de un padre acomodado que le negó su nombre y su cariño fueron capaces de arrancarlo para siempre de su lejana Cajabamba para traerlo al abrazo de nuestro límpido cielo y al goce de la dicha refrescante de nuestras aguas.

No le fue ingrato el amor. La bisabuela Juana más bien lo estuvo esperando después de que el fogonazo de sus primeras miradas les alborotara el sentido común. Lima, aquellos años, era bastante grande; pero no lo suficiente como para borrar la posibilidad de un nuevo encuentro entre el soldadito cajamarquino en servicio militar y la muchacha del valle de visita en la capital. El día en que mi bisabuela, junto a su padre, sudorosa y agobiada por la trama engorrosa de sus polleras, retornaba con una partida de arrieros hacia el valle, la casualidad le permitió un segundo encuentro con el tiempo indispensable para decirle al soldadito: Me regreso para Concepción, en el valle del Mantaro.

Transcurrieron dos años para que el soldadito, una mañana diáfana de heladas penetrantes, apareciera en el portón de la casa, con su alforja repleta de recuerdos peregrinos y la bisabuela, habiéndolo divisado en el instante mismo en que él se detuvo para tomar aliento e intentar el pactado silbido anunciador de su presencia, sin decir palabra alguna, corrió a la misma velocidad de sus latidos, se colgó del cuello del viajero, de un salto quedó a horcajadas derribando al sorprendido visitante y sin concederle la oportunidad para reponerse del susto, le cobró todo sus dolores de ausencia con un beso hambriento de urgencias contenidas. Eso bastó para que el matrimonio se realizara a trámites acelerados.

Lo extraordinario del bisabuelo es que llegó apenas con su enorme cargamento de amor y sin dinero para iniciar los trámites de su propio destino. A fuerza de fe fundó una nueva familia y a fuerza de brazos comenzó a pircar los cimientos de su vida en el valle. Trabajó a diario desde el primer anunció del alba hasta la muerte del último rayo del sol y la tierra le fue fructífera; las lluvias, benignas; las cosechas, abundantes; y la fortuna, prometedora.

Los bisabuelos, a inicios del siglo, se dieron tiempo para explorar todas las vertientes de su amor sin reticencias ni falsos temores; fueron felices pero no les cayó a bien el arte de engendrar hijos. En una época en que las buenas familias campesinas sobrepasaban la decena de descendientes, mis bisabuelos apenas tuvieron dos: el abuelo Ramón, y la tía abuela Victoria. Al bisabuelo le faltó tiempo para ver a sus hijos realizados: le vino la muerte por correr en los campos, recién comido, tras un toro descontrolado, justo el año en que llegó el tren para cambiarnos la vida, los hábitos y las historias que para entonces eran reales y ahora sólo delirio de viejos.

Yo soy uno de los bisnietos de Eugenio y Juana. Nací a punto de iniciar la sexta década del siglo y Concepción, entonces, ya era capital de provincia, tenía el parque más bello de todo el valle y los fantasmas que se tomaban su tiempo para compartir con los abuelos se habían ido por los rumbos vacíos, que se abrieron con la llegada del tren, con la apertura de la nueva carretera, con la invasión de los vehículos de motor y las otras argucias técnicas del mundo moderno. A pesar de todo pude heredar todavía de la noche sus misterios y del sol la hipnótica luz que me hiciera guardar lo que otros ya no alcanzaron a ver.

Yo tuve la suerte de vivir un tiempo en Lima, en la grata compañía de la abuela Victoria, cuando me fui a estudiar en la universidad. Su esposo, el abuelo Basilio había muerto tres años antes, aunque en realidad ya no vivía en el mismo suelo que pisan nuestros pies desde otros cinco años más atrás. Pasaba sus noches en el auto destartalado de su hijo, afuera de la casa, en el Jirón Recuay, en Chacra Colorada, y no dormía dedicado a reconstruir su pasado con discursos confusos donde mezclaba hechos de distintas épocas de su vida, acontecimientos reales y soñados; pero, sobre todo, recordaba los tiempos felices en que compartió con Gallito Fino.

Se reunían en el barranco de Paccha, trajinaban los pastizales y pantanos de La Isla hasta dar con el lugar convenido. Gallito Fino y su cliente chacchaban la coca endulzada con llipta, se tomaban sus buenos tragos de aguardiente mientras el adivino le advertía a la víctima sobre los riesgos de conversar con los muertos y, mientras lo iba sugestionando; el abuelo, escondido, se preparaba para la sesión.

Durante el interrogatorio era cuando el abuelo tenía que demostrar lo mejor de su arte. Daba al cliente referencias difusas, hábilmente preparadas para que la víctima terminara por armar su propia historia y concluyera por enterarse de las cosas que en el fondo de sí mismo quería confirmar. Entonces la voz del abuelo era la voz del muerto amado. El pensamiento del abuelo, el pensamiento del muerto consultado y, otras veces, la voz y el pensamiento mismo del diablo. Lo que ocurriera después ya no era responsabilidad de Gallito Fino ni de su mediador; aunque sucedieron, muchas veces, desgracias por culpa de sus malos consejos. Aún así, el adivino era respetado.

Gallito Fino se fue del mundo sin tener anuncio de sus amigos, los muertos. Después de una borrachera abusiva, se quedó para siempre en la noche estancada dejando al abuelo en la orfandad laboral. Por eso llegó a la capital para vivir de las propinas de los hijos, después de haber intentado recorrer por su cuenta el camino de la magia negra y haber fracasado.

Me fui a Lima a los diecisiete años y no pude acostumbrarme a sus amaneceres apretujados de niebla, a sus sofocantes embotellamientos de carros ni a los riesgos de vivir al cuidado de quien te va a robar el sencillo de tus bolsillos o rasgarte el amor propio con un despectivo serrano de mierda. Así que me regresé para seguir acompañando los avatares de mis padres, como de niño lo hacía y, lo recuerdo con ternura ahora.

Hoy el mundo está cambiando más rápido que en cualquier otro tiempo, pero no puedo olvidar lo que viví al cariño de la familia, al brillo azul del cielo que me ilumina y al aire mágico que me inspira.

domingo, 31 de enero de 2010

Fechar después del año 2000


Por: Freddy A. Contreras Oré

Hasta el día 31 de diciembre de 1999 los hispanohablantes no tuvimos mayores problemas para fechar correctamente. Pero, a partir del día uno de enero de 2000, el uso de la norma lingüística se ha visto terriblemente afectada por el incremento indebido del artículo y la conformación del apócope del.

Cuando se fecha se da información de la ubicación determinada de un lapso estableciendo el número de días, el mes y el año que transcurren. Los números son adjetivos y los adjetivos delimitan la amplitud del sustantivo.

Yo nací un día del mes de enero, no delimita con exactitud el día ni el año. Yo nací el día uno del mes de enero del año 2000, delimita con mayor precisión; no cualquier día, sino el día uno; no cualquier año, sino el año 2000.

Los números uno y 2000 delimitan la amplitud de los sustantivos día y año. Son modificadores del sustantivo y, por tanto, adjetivos numerales, cardinales.

Cuando un adjetivo es antecedido por un artículo se presenta un adjetivo sustantivado; es decir, un adjetivo que cumple función de un sustantivo; pero, ésta es una virtud exclusiva de los adjetivos calificativos; nunca, de los adjetivos numerales.

Partiendo de la expresión “el niño estudioso”, se puede decir “el estudioso” y es una expresión correcta; pero, partiendo de “el día 8” no se puede decir “el 8”; ni partiendo de “el año 2000”, se puede decir “el 2000”; porque, reitero, los adjetivos numerales no se sustantivan.

Por tanto, la expresión correcta para una fecha, siguiendo las normas que ya usábamos hasta 1999, debe ser: Nací en uno de enero de 2000. Eligieron al nuevo presidente en 4 de junio de 2006. Nos reuniremos en 21 de julio de 2006.

Si dijéramos “el día 4” el artículo antecede con propiedad al sustantivo día; pero, cuando no se emplea el sustantivo debemos sustituirla con la preposición en.

Cabe recordar también que los nombres de los días, meses y estaciones no se escriben con mayúscula.

La revista QUEHACER, en su último número del bimestre mayo-junio, nos alcanza una excelente muestra de propiedad lingüística cuando dice:
“En el mes anterior a la primera vuelta de 2006, los diarios populares hicieron 55 menciones negativas sobre Humala en primera plana y sólo una en el caso de Flores.”
En la ultima novela de Mario Vargas Llosa “Travesuras de la niña mala”, la editorial Alfaguara registra en su colofón: “Este libro se terminó de imprimir en (…), Lima 3, Perú en el mes de abril de 2006.

Sigamos los buenos ejemplos en nuestro hablar y escribir.

martes, 8 de diciembre de 2009

Zafa casas y otras zafaduras


Por: Freddy A. Contreras Oré

Allá en tiempos idos, cuando yo era aún niño, era común oír de boca de nuestros abuelos y abuelas, al referirse a un integrante de la familia recogido o adoptado, que “lo están haciendo zafar” por decir que han asumido con ellos la responsabilidad de mantenerlos, educarlos y principalmente capacitarlos para valerse por sí mismos llegado el momento de asumir su propio destino.

En mi memoria guardo todavía fresco el recuerdo de un grato amigo de infancia a quien su madrastra le dio crianza y le brindó su desinteresada ayuda hasta que él, a los doce años de edad, decidió irse a la capital en busca de trabajo y con el deseo de alimentar nuevas perspectivas para su entonces limitada vida campesina. Su buena madrastra, entre una mezcla de orgullo y duelo por aquella partida, decía que lo dejó irse “ya zafadito”, dotado de lo necesario para actuar como dueño de sí mismo y poseedor de capacidades para enfrentar las exigencias de la vida. Tan cierto llegó a ser lo dicho por la venerable mujer que actualmente mi amigo radica en la capital, es fundador de una familia amorosamente unida y ejemplar, tiene casa propia, es dueño de un negocio que le permite amasar una solvente fortuna para asegurarse una vejez tranquila y educa a dos hijos en el extranjero.

Esta acepción regional de la palabra zafar se ha ido desvirtuando con el paso de los años, tanto que hoy es motivo de sorna e interpretación ambigua. Hoy sólo los viejos verdes y las tías reprimidas “hacen zafar” a púberes del sexo opuesto para aprovecharse de ellos y ellas. Hoy, en cantinas y corrillos de cotillas, es la risa maliciosa y estentórea la que trasluce el doble sentido de lo que fue una edificante expresión en los tiempos de nuestros abuelos. Pero el cambio no ha afectado sólo el sentido, sino también que al escribirla hoy sustituyen con el grafema “s” lo que en su escritura original es “z”.

Aclaremos. Ningún diccionario de la lengua española registra la palabra “safar” ni ninguna otra que se le asemeja o puede servir de base para su posible derivación. Mientras tanto, la palabra zafar tiene varias acepciones dentro de las que pasamos a mencionar: (1) adornar, guarnecer, hermosear o cubrir; (2) desembarazar, quitar los estorbos de algo, desentenderse, librarse de un compromiso.

Las acepciones del bloque (2) son las que se utilizan con más frecuencia: Zafarse de una deuda, Záfate de esa flaca, Zafémonos del baile, etc. Etimológicamente proviene del árabe zha que significa fugarse, irse. Consecuentemente, una persona que se zafa se desentiende de obligaciones, de normas, modelos y resulta zafada, atrevida, descarada, perturbada. Tanta zafadura concluye en una desaparición física y en un fugarse mental del entorno. De este sentido proviene también la palabra zafarrancho: retirarse de la cubierta de un buque para esperar un combate.

Las acepciones del bloque (1) son las que menos se utilizan y poseen significación reservada exclusivamente a los trabajos de albañilería, de modo fundamental para la etapa de los acabados y el enlucido de la casa. De modo que cuando en nuestros pueblos andinos se hace una fiesta de zafa casa, no es en realidad una celebración por la culminación de los trabajos, sino una manifestación de gratitud hacia los amigos y la comunidad en general que favoreció la construcción; y porque con el techado, la colocación de la cruz, los otros símbolos y con la realización de los demás ritos, la casa ha quedado presta para una nueva etapa que consiste en hermosearla y convertirla en habitable al gusto de sus dueños.

Es este significante relacionado a la construcción la que, posiblemente, tomaron nuestros antepasados, por analogía, para asumir la formación de sus hijos y de otros menores que llegaron a depender de ellos. Hacer zafar a un niño no consistía solamente en dejarlos crecer con la seguridad del techo, el abrigo y el buen alimento; sino también fortalecer su espíritu con la presencia del amor bien compartido, la disciplina rigurosa y el ejemplo en el trabajo.

Una casa zafada es vistosa, agradablemente hermoseada. Un joven bien zafado ha de tener rasgos físicos y morales visiblemente apreciables que evidencian el digno sello del hogar que le dio factura. En el otro extremo están los padres zafados que nunca lograron zafar ni casa ni buenos hijos.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Simil-gentilicios institucionales


Por: Freddy A. Contreras Oré


Como componente importante de la identidad institucional, la mayoría de escuelas y colegios de nuestro medio utilizan nominaciones símil-gentilicias para identificarse entre sus maestros, estudiantes y exalumnos. En nuestro Concepción cercado, sin embargo, de las cuatro instituciones educativas más importantes, merecen destacarse a las devotas toledanas y a las corazonistas emprendedoras como que utilizan las nominaciones más adecuadas, dentro de los términos de propiedad lingüística.


Doy paso a una digresión terminológica muy breve: los gentilicios son adjetivos derivados que hacen referencia al lugar de procedencia de un ser; este lugar de origen es un topónimo y éstos son los nombres de espacios geográficos. Los adjetivos derivados que se refieren a la procedencia de instituciones siguen las mismas pautas, pero no son auténticos gentilicios; por los que, en éste artículo, los llamo símil-gentilicios.


Si bien, sobre gentilicios y similares, no hay norma establecida con sentido estricto; sí debemos asumir principios generales como base para formularlos. Tenemos, en primer lugar, aquéllos que no guardan relación directa con las frases sustantivas originales, pero que derivan de un referente importante vinculado con la institución, tal como el nombrar Lorentinos a los miembros del Colegio “Santa Isabel” de Huancayo en mérito a don Sebastián Lorente, gestor de la mencionada casa de estudios.


Lo propio y usual es que estos derivados destacan el núcleo de la frase nominal o el apellido, si se refiere a personas. En el caso de la I.E. “Lorenzo Alcalá Pomalaza”, atribuirse la voz símil-gentilicia “Lorencinos” es destacar el nombre de un Lorenzo cualquiera entre tantos que puedan existir; esta expresión es más apropiada para los lugares que llevan el nombre de “San Lorenzo” o, si fuera el caso, nombres de personas con el apellido Lorenzo. Para la institución educativa en cuestión, su símil-gentilicio correcto debe ser alcalaínos, que destaca el apellido Alcalá de su epónimo tutor; más aún, teniendo en cuenta que este gentilicio existe registrado en el diccionario de la Real Academia para los originarios de varias poblaciones españolas que llevan el onoma Alcalá.


Nuestras inquietas damitas del “Sagrado Corazón de Jesús” se nombraban a sí mismas “sagradinas”, destacando el modificador de la frase nominal y no el núcleo, que es corazón. Gracias a la difusión de un artículo que publiqué hace tres años atrás adoptaron un símil-gentilicio más adecuado: corazonistas, el mismo que también registra el diccionario de la Real Academia para todo lo relativo al Sagrado Corazón de Jesús y de María.


El emblemático “9 de Julio” constituye un tema aparte; ya que sus integrantes emplean el adjetivo nono, que es un ordinal y un partitivo, en reemplazo del nueve que es un cardinal; es el equivalente de decir tercio en lugar de tres o sexto en lugar de seis. Ninguna inteligencia lúcida puede aceptar que una ubicación secuencial o una unidad dividida es lo mismo que varias unidades juntas. Por tanto, en referencia a la heroica fecha que conmemoramos los concepcioninos, su gentilicio debe ser nuevejulinos. O, si se trata de hacer notar el núcleo de la frase sustantiva, simplemente julinos o julianos como lo registra el diccionario oficial de nuestra lengua para todo lo concerniente al mes en referencia y la onomástica de Julio, el sustantivo propio.

lunes, 13 de julio de 2009

Otros gentilicios de Concepción


Por: Freddy A. Contreras Oré

Toda búsqueda nos lleva por caminos inusitados y prometedores. Todo ahínco por andar de la mano con la curiosidad y las artes de auscultar libros nos conduce a los espaciosos desbordes de nuevos saberes que encadenan a otros y otros que animan al crecimiento gozoso del intelecto. Muchos aires han corrido desde que publiqué hace dos años un comentario sobre el gentilicio de nuestra heroica patria chica y ahora me siento impelido a ampliarla con las nuevas anotaciones que desde entonces he venido recopilando.

Procedimiento regular en la formación de gentilicios es partir del topónimo enterizo (nombre completo del lugar) y agregar el sufijo gentilicio (es, ense, ino, ano, itano, aco, eño, etc); siempre en cuando éste termine en consonante: Oyón – oyonista, Tumbes – tumbesino, Comas – comasino, Huaral – huaralino, Concepción – concepcionino. Pero cuando el topónimo termina en vocal, se sustrae la última para agregarle el sufijo gentilicio: Arequipa – arequipeño, Aco – aquense, Lima – limeño, Cajamarca – cajamarquino.

Sin embargo, por acomodos de carácter fónico, algunos gentilicios se forman sustrayendo una vocal y una consonante finales, son el caso de La Libertad – liberteño, Apurímac – apurimeño, La Oroya – oroíno, Huancayo – huancaíno; casos donde la regularidad lingüística nos llevaría a conformar nombres de pronunciación forzada.

Otros gentilicios que se desvían de la norma son aquellos que hacen referencia al nombre antiguo del lugar y no al topónimo actual. Es el caso de pampino para los habitantes de Santo Domingo del Prado que deriva de Pampa, el nombre ancestral del paraje. En base a ese criterio, don Aquilino Castro Vásquez, en su libro Hanan Huanca, utiliza el gentilicio achino para referirse a los habitantes de Concepción; vindicando del nombre prehispánico de nuestra tierra.

Tampoco es de descartar el gentilicio que hace medio siglo se usaba en nuestro entorno: concebido. Si bien éste deriva del verbo concebir y no del sustantivo concepción, ambos forman una misma familia léxica y el criterio derivativo establece que es un gentilicio cognado, es decir que tiene una raíz común con el topónimo y ejemplos de esta clase son frecuentes en la formación de gentilicios: Rinconada – rinconense (de rincón y no de rinconada), Platería – platinense (de platino y no de platería).

El neologismo concepcino que dio motivo a mi anterior artículo es el único que no tiene los pies puestos en la regularidad ni en la excepción, es simplemente caprichoso. Sustrae una porción del topónimo para combinarlo con el sufijo gentilicio sin sustento en ningún procedimiento morfológico al alcance del análisis gramatical. Los topónimos son nombres propios que cuando se derivan se mantienen enterizos pese a que en su conformación original pueden contar con desinencias y afijos. En el procedimiento derivativo de los gentilicios se presentan casos en los que algunas terminaciones que se asemejan a desinencias y sufijos se toman como tales y se les sustrae del tema; pero en el caso de Concepción está claro que on no es sufijo y, aunque tiene similitud con el aumentativo, definitivamente no lo es. Por tanto, esperamos una sincera corrección de su promotor y nos allegamos a los hijos de nuestra localidad: orgullosos de ser concepcioninos, achinos, concebidos, en medio de los aromas del pan de anís y las acogedoras sombras del eucalipto.